El Opus Dei en Valladolid

Encuentro y libertad de expresión

LA TRAMPA

La trampa de la vocación al Opus Dei

 

EDITORIAL DE LA WEB Opuslibros.org

“El Opus, dice Pániker (Raimundo Pániker entró en la Obra en 1939 y se marchó en 1966. Fue ordenado sacerdote en la segunda promoción), quiere salvar al mundo de sí mismo en nombre de Dios, pero según sus propias condiciones. Las condiciones del Opus, por supuesto, son idénticas a las de su fundador. Toda gracia que conduce a la salvación llega a los miembros del Opus Dei a través de su fundador. A través de la gracia del fundador eres lo que eres. De ahí los traumas que sufren los que se salen. Demasiado a menudo creen, y los miembros del Opus lo piensan así, que al separarse de esta fuente de gracia se ponen a sí mismos fuera de esta institución de inspiración divina e inalterablemente perfecta, y están destinados a condenarse eternamente. “El demonio actúa rápidamente -le dijo Janet Gould a su madre cuando le explicaba por qué no podía abandonar por un corto período la residencia del Opus para ir a casa de visita- y lo hará si me marcho de aqui. (Citado en el “Catholic Pictorial”, 13 de septiembre de 1981. La señorita Gould ya ha dejado el Opus). El impacto sobre los miembros del Opus es predecible. Se les separa tempranamente de su familia natural. Se les enseña a creer que la salvación es imposible, ahora que son miembros del Opus Dei, sino sólo a través de la organización en la que han ingresado. Suple su vida familiar, su medio ambiente, al menos en todo lo que no sea actividad profesional y, en muchos casos, especialmente para las mujeres, también ésta. Cuando están desengañados, por tanto, el impacto emocional es aplastante. Los que quieren marcharse no tienen a nadie a quién recurrir, nadie, fuera del Opus, con quien establecer una relación lo suficientemente estrecha como para que puedan confiar en ellos. Y también han sido educados en la creencia de que al romper sus lazos están cometiendo el pecado más infame. La salvación es transmitida a través del Opus. Sin el Opus, el antiguo numerario está condenado”. (Recogido por Michael Walsh, El mundo secreto del Opus Dei).

La vida, fuera de la Obra, tiene sus sinsabores y sus alegrías, es la vida misma, la de cualquier persona en medio de este mundo, sin privilegios, sin mamparas de cristal, pero sin otro sometimiento que no sea lo que tú quieras hacer, ser, pensar, y sobre todo ¡vivir y respirar! En la Obra empequeñecen a Dios y le hacen cómplice de una increíble tela de araña para tenernos bien aferrados con frases tan engañosas como “la infidelidad [al Opus Dei], romper la unión con Dios, eso es lo grave” (Escrivá). ¡Ahí está la trampa! Míralo de la siguiente forma:

Para Escrivá, irse de su obra es igual a… ¡romper la unión con Dios! (¿Cuánta soberbia se necesita para hacer una afirmación semejante?). Irse de la Obra no es abandonar la Iglesia ni dar la espalda a Dios, porque la Obra no es la Iglesia y la verdadera Obra de Dios es Jesucristo.

En primer lugar, tu vocación se le inventaron, “la vieron” ellos, pero tú fuiste captado por un proceso de “enamoramiento” o de atracción o de coacción (recuerda cómo entraste a la Obra). Aún así, si hubieras tenido vocación -¿acaso podrías elegir tener vocación de “supernumerario a los 14, 15, 16, 17 ó 18 años?,¡No!- tenías vocación de numerario/a porque el/ella -junto al sacerdote de la obra con el que te confesabas- “lo habían visto en la oración” o de agregado/a si tu nivel social o tu educación, tus peculiaridades e incluso tu físico no era el deseado, o de numeraria auxiliar, si te sacaban de un pueblo, sin estudios, de clase humilde, de donde “unas señoritas” te llevaban a la capital a “estudiar”, a “formarte” (con la tranquilidad que les quedaba a tus padres porque ibas a labrarte un futuro mejor).

Se inventaron tu vocación e involucraron a Dios haciéndote creer que Él era el que te pedía “eso”. Y tú acabaste por aceptarlo “Dómine, ut videam!”, “No querrás ser como el joven rico del Evangelio al que Jesús le dijo ’sígueme’ y al no hacerlo se quedó triste”… y tantas frases parecidas.En cualquier caso, no seguir en una organización no es ser infiel, es una elección y la vida está llena de ellas. Imagínate que has firmado un contrato para trabajar en una empresa y cuando llevas un tiempo allí, ves que no tiene nada que ver con lo que te dijeron que era. No te gustan sus métodos de trabajo, ni te convencen sus objetivos, ni te sientes a gusto. Si decides rescindir el contrato y buscar un sitio mejor donde corra el aire, ningún estatuto ni ninguna rama de ningún Derecho, ni el sentido común tipificarían tu caso como “el del empleado infiel que quiere romper su relación con Dios”.Imagina que estás casada con una persona que te maltrata y llevas años aguantando la situación. Si te atrevieras a plantarle cara, a denunciarle y a marcharte de su lado, ¿alguien podría acusarte de que si le abandonas, estas siendo infiel? Y si por ende, alguien te dijera que además de serle infiel, lo grave es que has roto tu relación con Dios, ¿estaría en su sano juicio quien así intentara convencerte de que siguieras aguantando? ¿Crees que Dios querría que siguieras soportando los malos tratos y que no te defendieras?

Piensa por un momento en las personas que se asocian o ingresan en alguna institución religiosa. Si en un momento de su vida creen y tienen la seguridad de que eso que eligieron ya no es lo que quieren, o ya no les vale, o creen que su evolución espiritual les ha conducido por otros derroteros, con la misma libertad que entraron (libertad que tú no tuviste), se marchan. La Iglesia, en su Código de Derecho Canónico, les ampara. Y no pasa nada, no son infieles a Dios porque a Dios se le puede servir de muchas maneras (más que servir, Dios prefiere que le quieras) y Dios sigue siendo Dios y tú sigues siendo tú y no se rompe nada, no hay infidelidad. Recuerda la frase del Padre para que no se nos olvide lo incongruente y sibilina que es: “la infidelidad [al Opus Dei], romper la unión con Dios, eso es lo grave”.

Para el fundador, la “infidelidad” es irse de la Obra; da igual en qué condiciones ni por qué motivos. No respeta tu libertad, no admite que pienses por libre, no acepta que seas persona ni que seas tú mismo. Y se atreve, además, a utilizar a Dios para su propia conveniencia. Por eso equipara “infidelidad” a “romper la unión con Dios” y te hace creer que si te vas de la Obra “le traicionas como otro Judas“.

¿Cómo puede alguien pensar en su sano juicio que no admitir, no entender, no poder compaginar la teoría con la práctica del espíritu del Opus Dei, después de haberlo intentado muchas veces, es “romper la unión con Dios”? ¡Si sólo es una cuestión de salud mental! La idea de Dios tiene tan poco que ver con la desolación, con la amargura, con la tristeza, con la sinrazón, con la falta de caridad, que si Dios pudiera hablar por su propia boca te diría que Él no tiene nada que ver con el Opus Dei, que no son sus métodos, que te quiere igual dentro que fuera y, sobre todo, que no es sectario y que no se inventa organizaciones en las que el que está dentro acaba buscando razones para morir y no razones para vivir.Irse de la Obra no es “romper la unión con Dios” ¿Qué tendrá que ver una cosa con otra? ¡Qué burda manipulación y qué fácil de desmontar! Pero, es cierto y te damos toda la razón, sólo te das cuenta de que te han manipulado o de que lo están haciendo, cuando estás fuera o estás casi a punto de irte porque tu salud psíquica y física ya no pueden más.

Rizando el rizo, si te sirve una situación que no es la tuya pero que podrían haberte influído tanto que te sintieras una mala persona por haberte ido o quererte ir del Opus Dei, recuerda este pasaje del Evangelio: “Mujer, ¿acaso alguien te ha condenado? Yo tampoco. ¡Vete en paz!.

Y desde el punto de vista jurídico, la salida de la Obra está perfectamente legitimada en los Estatutos de la Prelatura.

Te aconsejamos que leas el capítulo III del libro de Maria del Carmen Tapia: “Crisis vocacional“. Te dará “luces” para recordarte o para que sepas cómo se utiliza el tema de la vocación en el Opus Dei. Con una explicación teológica y filosófica te lo aclarará también Antonio Ruíz Retegui, teólogo y sacerdote numerario del Opus Dei en su capítulo El sentido de la perseverancia de sus reflexiones íntimas “Lo teologal y lo institucional“. Un ex sacerdote numerario te ayudará también con su testimonio Decisión difícil, igual que puede hacerlo el escrito La vocación al Opus Dei no existe y sobre el bautismo. Lee también las reflexiones, a la luz del Evangelio, del relato del joven rico, Carta a una recién ‘pitada’ con dudas, La técnica sectaria del proselitismo del Opus Dei.

Y para ver la coacción en los argumentos que se emplean para asignarte una vocación, lee -y házsela leer a tus padres- la charla sobre la vocación del círculo. Si estás yendo a círculos, tarde o temprano te dirán eso, para que “pites”. Y para comprobar la falsedad de sus actuaciones y la frialdad de sus métodos sectarios, lee los 27 pasos para que “pite” una numeraria al mes, un documento interno del Opus Dei donde se marcan las pautas del proceso de captación y de “enamoramiento” al que te someterán si estás bajo su influencia. No caigas en la trampa.

Como declaró Antonio Pérez Tenessa*: “Una vez liberado del trauma que deja la Obra, repito literalmente contigo: Yo, por mi parte, puedo seguir asegurando que no he llegado a echar de menos ninguno de sus cuidados, de sus charlas, de sus consejos, de sus diálogos, de sus apostolados, nada. Porque era eso precisamente lo que costaba y me repelía por contradictorio. (Recogido por María Angustias Moreno en su libro, El Opus Dei, anexo a una historia).

*Antonio Pérez Tenessa pidió la admisión en el Opus Dei en 1939, fue ordenado sacerdote en 1948. Desde 1950 desarrolló el cargo de Secretario General del Opus Dei y en 1956 fue nombrado Consiliario Regional de España (cargo equivalente al actual Vicario Regional). En 1965 abandonó la institución. En 1992 publicó un artículo en el diario español “El País” titulado: “No hablaré mal de la Obra.

Otro testimonio más que te hará pensar y hará pensar y recapacitar a los reclautadores de vocaciones: “Los “pitajes” a granel y la vocación al Opus Dei“. Y otro: “La seducción del cariño: orígenes de una vocación

… no caigas en la trampa 

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 Suicidios en el Opus Dei, Alberto Moncada

 SUICIDIOS EN EL OPUS DEI

Alberto Moncada, sociólogo y ex miembro del Opus Dei, 5 de junio de 2005

Las peculiares circunstancias en las que viven los numerarios del Opus Dei conducen con frecuencia a frustraciones, depresiones y abandonos a lo que hay que añadir el creciente número de suicidios e intentos de suicidio que, aunque ocultados por la dirección, van siendo conocidos.

Según observadores de la situación, explicada en testimonios a la página web opuslibros.org, las depresiones están a la orden del día en las casas de los numerarios y numerarias. Como explica un antiguo numerario: “Las casas donde vive la gente mayor están llenas de personas con problemas, deprimidos, que tienen que tomar pastillas constantemente y algunas casas son destinadas casi exclusivamente a este tipo de personas”. El problema central que tienen esos numerarios es la contradicción biográfica entre lo que les prometieron que sería su vocación, santificar su trabajo en medio del mundo en una profesión civil y la realidad de su situación, parecida a un encierro conventual, en la que sus vidas están minuciosamente reglamentadas. Además, prácticamente la mitad de los numerarios se dedican a labores internas como sacerdotes y funcionarios de la organización y su red educativa. Y más estresante aún es la situación de las mujeres, mayoritariamente ocupadas en funciones auxiliares, aunque tengan titulación universitaria y sometidas al dominio jerárquico de los varones.

La depresión, y su tratamiento en el Opus, puede producir una situación tal de impotencia que…

la tentación de suicidio comience a presentarse. Como explica un corresponsal de la página web: “Crecientemente veía más claro que la única solución era el suicidio, que la vida no tenía valor para mi ni yo tenía fuerzas para salir de la situación”.

“R”, numerario en Brasil durante veintiún años, escribe: “Las autoridades de la organización son muy diligentes en no dejar que se divulguen entre los miembros las noticias negativas o desalentadoras o, en el caso en que eso no sea posible, dan versiones en las que la organización no aparece como culpable. Hay, por ejemplo, el caso de C. P., un numerario mayor que hoy está incapacitado para el trabajo. La versión oficial es que el impacto de la muerte de su padre le ha desencadenado problemas mentales. A.I.C. es un sacerdote mayor, de gran capacidad intelectual. Es visible su fragilidad psicológica y sufre persistentes migrañas. Pocos en la organización saben que ha intentado suicidarse ingiriendo una dosis letal de medicinas. Fue socorrido a tiempo pero, por ironías del destino, un miembro del equipo médico que le atendió en el hospital a donde le llevaron, era un exnumerario que le conocía.

Una madre de familia numerosa, muy ligada a la organización, se tiró por la ventana de la consulta del ginecólogo. Sólo los más allegados sabrán lo que pasó. Hay entre los numerarios de Brasil casos de depresión que exigen cuidados médicos especializados pero son médicos numerarios, sin especial preparación, los que les atienden y medican tanto para aliviar al paciente como para evitar situaciones embarazosas en la casa en que viven. Si no mejoran los cambian de casa para que los que lo vieron con salud no sean testigos de su declive y en la nueva casa sean considerados “enfermos”, desde el primer momento. Así no hay testigos del proceso como un todo y se hace fácil divulgar una interpretación oficial conveniente de los hechos. Cada cierto tiempo, A. un psiquiatra numerario de Uruguay, especialista en electroconvulsoterapia, visita Brasil y la condición de “paciente de A” es ocultada a los demás en la medida de lo posible”.

En “La Cuarta Planta“, (Revista el Siglo, nº 605, 31 mayo 2004), me referí a esa zona de la Clínica Universitaria de la Universidad de Navarra dedicada al tratamiento específico de numerarios y numerarias con enfermedades mentales.

Según algunos de los socios tratados, hoy fuera de la Obra, el trabajo del equipo médico no consiste tanto en ayudar a recuperar la salud, a clarificar la identidad de los pacientes sino, sobre todo, en insistirles a que sigan en el Opus y acepten su enfermedad como prueba divina.

Las informaciones sobre casos de suicidios de miembros del Opus Dei en España crecen a medida que se pregunta a antiguos socios que citan, entre otros, el de una numeraria en Andalucía, JJ.R.R. profesor de Filosofía, que se pegó un tiro en Pamplona. En algunos casos, los directivos del Opus tratan de maquillar las circunstancias. Por ejemplo, el de N. G. directivo del Opus en Córdoba, gran deportista, profesor de Física en un Instituto que se tiró por una ventana de su casa una noche y se dijo que era un caso de sonambulismo. Según parece, está enterrado en el cementerio de Córdoba con una lápida sin nombre.

“B”, otro ex numerario, cuenta casos de Zaragoza: “Un numerario, J.M., de unos veintitantos años, de una familia con muchos miembros en la Obra, tenía problemas escolares, depresiones y estaba en tratamiento psiquiátrico cuando el servicio doméstico, al entrar por la mañana a hacer la limpieza en el club Jumara de Zaragoza, se lo encontró ahorcado con el cinturón del traje de kárate. Otro numerario, M.A.R. se cortó varias veces las venas en Miraflores, la residencia de estudiantes de Zaragoza en los años sesenta. Quisieron endosárselo a su familia pero su padre, un reconocido ginecólogo, les dijo que ellos se lo habían llevado y ellos tenían que cuidarlo. Un supernumerario médico, de casi ochenta años, A.A., amigo de mi padre, se tiró por el balcón de su casa en Zaragoza.”

La cantidad de numerarios y numerarias que abandona el Opus a partir de cumplir la media edad, treinta o cuarenta años, crece en estos momentos en todo el mundo, alentados también por la previsión de que su vejez va a ser aún peor pues no existen en el Opus medidas concretas para la atención de los mayores. Es un caso parecido a la gran desbandada que se produjo en los años sesenta cuando Escrivá se negó a aceptar los postulados del Concilio Vaticano II. Desde entonces se han agravado los perfiles sectarios y fundamentalistas del Opus Dei, que se traducen en una infantilización de la adhesión al grupo, muy propio de las sectas. “El Padre, los directores, tienen siempre razón y en el Opus, una de dos, u obedeces o te marchas”, reza Camino, el libro definitorio del espíritu opusdeista.

El tema del abandono del Opus ha experimentado una evolución que hace aún más desagradable el trance. Al principio, Escrivá presumía de que las puertas estaban abiertas de par en par para el que quisiera irse pero, poco a poco, y también, en consonancia con la progresiva sectarización de la organización, ocurre todo lo contrario. Aparte de la necesidad de solicitar la dispensa, un trámite que los directores gestionan a su arbitrio, a los que quieren abandonar se les acosa de muchas maneras. La más sencilla es pronosticarles desgracias espirituales y materiales, algunas de las cuales son fácilmente administradas también por la organización si el que abandona trabaja en una actividad de Opus. La manera de actuar de los directivos es congruente con su talante.

Los que mandan hoy son nombrados básicamente por su lealtad a la organización y apenas tienen preparación psicológica y, menos, respeto por los derechos humanos. Ellos creen firmemente, en base a su fanatismo, que dejar el Opus es una desgracia personal y un fracaso grupal y tratan de condenar a la muerte civil, de muchas maneras, a los que se van, transformando la salida en un drama. El acoso prosigue incluso después de que la gente se haya ido. Los F. d. A son una familia de dinero de Barcelona, muy exhibida por el Opus, una de cuyas hijas, numeraria, decidió salirse y, tras muchas dificultades, lo consiguió, yéndose a vivir con una prima suya. Pero sus antiguas correligionarias no cesaron de perseguirla, incluso por la calle hasta que la chica se tiró por una ventana. La gente de su ambiente quedó muy impresionada aunque la familia no dejó traslucir la tragedia.

Y la pregunta es: ¿La incidencia de suicidios en el Opus es superior a la media sociológica? Si se añaden a los suicidios consumados los intentados parece que sí, aunque la información al respecto es parcial, voluntarista e imposible de contrastar con las autoridades internas. Para preservar la identidad de los afectados los he citado por sus iniciales, aunque existe información completa facilitada por testimonios cualificados.

Una última circunstancia contribuye a la frustración de los numerarios. Ellos, les dijeron, eran la espina dorsal del Opus Dei, los socios paradigmáticos, los protagonistas del espíritu de la Obra, la santificación en medio del mundo ejerciendo una profesión civil. El sacerdocio dentro de la obra era circunstancial, un servicio a los hermanos que el Padre pedía a algunos como un sacrificio personal. Pues bien, desde la conversión de la Obra en una Prelatura personal, las cosas han cambiado. Como es sabido, Escrivá buscaba la fórmula de evitar el control sobre sus actividades por los obispos territoriales y encontró esa solución, en la maraña de la legislación eclesiástica, a lo que accedió Juan Pablo II. Pero lo que ellos no esperaban, y trataron de amañar sin mucho éxito, es que el modelo de prelatura personal incorporada al nuevo Código canónico no contempla la existencia de pueblo propio, de laicos miembros de ella sino solo como cooperadores mediante contrato “ad hoc”. La prelatura está constituida canónicamente solo por clérigos A esta interpretación apostó el actual papa. De modo que los numerarios, con sus votos, sus promesas, su régimen disciplinario y su encierro domiciliario no pertenecen realmente a la organización salvo que sean ordenados sacerdotes. De hecho, hoy, los miembros directivos del Opus son sacerdotes en su mayoría.

Semejante situación no favorece mucho la perseverancia en un régimen de vida tan duro y puede contribuir al desaliento y la desesperación que tantos sienten. Siempre, claro, que se enteren de ello, pues los directivos de la organización no explican a sus miembros la nueva situación jurídica y sus complicaciones.

Quiero agradecer a Carmen Charo su inestimable ayuda para la redacción de este documento, así a cuantos, a su través, me han enviado informaciones. Si alguien tiene comentarios o nuevos datos, lo agradecería.

Alberto Moncada.

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PSIQUIATRAS PARA PERSEVERAR EN EL OPUS DEI

Testimonio de “Minerva” ex numeraria del Opus Dei

Reiteradamente se trata en esta Web y en los distintos medios de comunicación el tema de las enfermedades mentales de los miembros de la Obra y sobre los psiquiatras del Opus Dei que los atienden. De los veintitrés años que estuve en la Prelatura, los trece últimos los pasé enferma de depresión. Para ahorrarme el dolor de su recuerdo preferiría no hablar sobre este tema, ni rememorar la época y circunstancias en las que se desarrolló mi enfermedad, mas considero que debo vencer mi rechazo y escribirlo porque puede ayudar a alguien que ahora esté pasando por algo parecido a lo mío. De todo lo que voy a hablar a continuación tengo nombres y demás datos que lo corroboran, pero prefiero no citar ni a las personas ni los lugares que las pondrían evidencia porque quiero que el árbol no tape al bosque: que se le achaquen a esos sujetos, a título individual, algo que puede ser frecuente en la Obra.

Me hice agregada del Opus Dei a los 19 en un centro de chicas jóvenes en donde permanecí los primeros diez años…

Durante esa época fui una muchacha vital, alegre, llena de entusiasmo, con la risa pegada a la cara… y lo fomentaba el ambiente de juventud de aquel centro que continuamente me mantenía ocupada. Aunque no todo el monte fue orégano y pasé por temporadas en las que pensaba que aquello no era lo mío; por ejemplo, cada 19 de marzo, en el que tenía que renovar un año más en la Obra, yo me resistía e iba precedido de un tremendo darme la lata para que lo hiciera, pero a pesar de todo guardo gratos recuerdos de aquel entonces en donde, por lo menos, no sentí nada de soledad.

El tiempo pasó, las directoras debieron especular que a mis 29 años ya era hora de trasladarme a un centro de mayores y lo hicieron de la noche a la mañana. Para mí fue como entrar en otra dimensión. La casa nueva está situada en una zona noble de Madrid, de techos altos, oscura, sin un ápice de la algarabía del lugar que acababa de dejar y las numerarias que lo habitaban y las agregadas… Bueno, para que os hagáis una idea de la edad y circunstancias de esas mujeres os relato el comentario que le hice a la directora cuando terminó de enseñármelo, le dije: “Oye, y de entre todas las de este centro ¿hay alguna que sea joven o que no esté enferma?”.

Y aquel cambio de centro fue mi encuentro con la soledad de la Obra y su indiferencia hacia mí. Antes llenaba los fines de semanas con excursiones u otros planes apostólicos, ahora, con mis amigas y compañeras casadas y atendiendo a sus familias, me tenía que conformar con estar sola en la casa de mis padres y, como mucho, yendo a dar un paseo con mi madre o a merendar con una vecina. Durante el resto de la semana todo el contacto con mi “familia” de la Obra consistía en ir una tarde al centro en donde, sin pausa alguna, asistía al circulo semanal, hacía la charla (dirección espiritual), el movimiento económico (en donde se le entrega a la secretaria el sueldo mensual y sacas lo necesario para tus gastos) y me confesaba.

Para llenar el vacío que sentía me volqué en el trabajo, al que aumenté tanto el tiempo como la intensidad de mi dedicación.

En algo menos de un año ya era otra persona: seria, circunspecta, mordaz en los comentarios y sobre todo una mujer muy triste. Las directoras me debieron ver mal y acortaron la fecha de mi revisión médica anual (todos los de la Obra han de pasarla cada año con un facultativo del Opus Dei) y en un principio fui tratada por él con ansiolíticos para mandarme a los pocos meses a una psiquiatra que es supernumeraria, quien me diagnóstico depresión bipolar. En los trece años que fui su paciente ha empleado conmigo todo el arsenal farmacológico posible. Entre otros efectos, sus tratamientos me han provocado un hipotiroidismo permanente causado por el litio (del que me he de medicar de por vida); alucinaciones que comenzaron con una nueva medicación y cesaron al quitarla, mareos; dormir durante largos periodos de tiempo, que en una ocasión llegó a tres días seguidos; permanecer ingresada un mes en una clínica psiquiátrica y un largo etcétera que el lector puede imaginar.

Desde el comienzo de esa tristeza y pérdida de ganas de vivir me fue asaltando la idea de que mis males se podrían solucionar dejando la Obra, pero varios condicionantes me imposibilitaron hacerlo:

  1.  La absoluta confianza que tenía depositada en las directoras, quienes me afirmaban que lo mío era seguir en el Opus Dei, que fuera de él sería una desdichada, que tenía que dejar de pensar en mí y ofrecer con alegría mi enfermedad (es del todo imposible que un depresivo pueda ofrecer con “alegría” su mal, ya que entonces no sería depresivo), etc.
  2. Porque en la depresión me era muy costoso (casi imposible) tomar decisiones.
  3. Porque me impedían oír otras opiniones (ir a médicos objetivos, no ligados a la Obra) o valorarlas cuando me las daban (por ejemplo, mis padres, con quienes vivía, me dejaban caer que fuera de la Obra estaría mejor), ya que entonces las directoras me contaban que esos consejos eran humanos, no sobrenaturales, las tentaciones de las que el Demonio se vale al usar a nuestras familias como obstáculo en nuestra vocación.

Poco a poco, se me fue haciendo imposible seguir el plan de vida de la Obra: me dormía en la oración, por mi trabajo no podía ir a misa por la tarde y por la mañana no había quien me pudiera sacar de la cama media hora antes de lo necesario, y así ocurrió con el resto de las normas que, por otra parte, cada vez me producía más ansiedad hacerlas, por lo que al cabo de unos años tan sólo iba a misa los domingos y me confesaba semanalmente.

A los veinte años de estar en Obra y a los diez de ser la paciente de esa psiquiatra, su tratamiento continuado hizo sus efectos y, aunque no bien, por lo menos estaba estabilizada: trabajaba doce horas al día, iba el miércoles al centro (tal y como indiqué antes) y el resto del tiempo me lo pasaba durmiendo (los días de diario llegaba a casa, cenaba y me acostaba hasta la mañana siguiente; de viernes por la noche a lunes por la mañana lo empleaba en estar en la cama, salvando el tiempo imprescindible para las necesidades biológicas, ir a misa, y dar un paseo con mi madre). A partir de entonces la idea de dejar la Obra fue creciendo en mí y las directoras siguieron en sus trece de que lo mío era morir en el Opus Dei.

Hago un inciso. Si alguien se encuentra en un estado en el que su corazón le grita que debe dejar la Obra, por experiencia personal puedo decirle que lo primero que debe hacer es considerar que sus directores no son sus amigos sino unos fanáticos del Opus Dei, que permitirán y ayudarán a que se muera dentro hecho jirones antes de dejarle abandonar la Obra. Y lo segundo, y como consecuencia de lo anterior, es que la primera obligación de esa persona ante si misma y ante Dios (porque Él si que te ama, tanto a ti como a tu salud) es la de ocultar a los de la Obra sus pensamientos y pesquisas para dejar el Opus Dei hasta que llegue el momento en el que se tengan los recursos necesarios para poderse ir.

Como antes conté, a los diez años de enfermedad y tres antes de dejar la Obra, me encontraba estabilizada y cada vez con más ganas de marcharme del Opus Dei, lo que les repetía a la directora y al sacerdote asignado, quienes a su vez reiteraban su postura de que me mantuviera dentro. Al cabo de un año de ese tira y afloja (las directoras eran quienes tiraban, a mi me correspondía tan sólo aflojar) me comenta la psiquiatra que me convenía recibir una terapia de electroshock, sin explicarme muy bien el porqué. Vuelvo a repetir que yo me encontraba bastante bien pero, como siempre, me dejé llevar y me aplicaron seis sesiones. Por la mañana de seis días seguidos, antes de trabajar, fui a la clínica en donde me dormían para aplicarme después el electroshock.

Tiempo después leí que el electroshock es una práctica casi en desuso, que se utiliza fundamentalmente para romper circuitos cerebrales viciosos. Por ejemplo, alguien tiene la obsesión de suicidarse y la corriente eléctrica que se aplica con el electroshock rompe las conexiones neuronales que la mantienen, permitiendo así que el paciente olvide esa tendencia. Pues bien, cuando me lo aplicaron, mi única “obsesión” era la de dejar el Opus Dei.

Tras recibir ese tratamiento no encontré mejoría alguna. pero si una consecuencia muy molesta: perdí la memoria de periodos y circunstancias de mi vida que desde entonces tan sólo puedo recuperar, con esfuerzo, si alguien me los recuerda. Y yo me pregunto: ¿Cuánto será lo realmente olvidado que desconozco porque no me lo recuerda nadie? ¿Cuántas cosas habré olvidado con imposibilidad de recuperarlas porque tan sólo las conocía yo?

Si se tiene una muela infectada, los calmantes, antibióticos contra la inflamación, etc., tan sólo son parches para mejorar temporalmente el estado de salud, pero lo único que realmente puede curarlo es hacer desaparecer la caries que produce el mal. De la misma manera, la Obra era la causa que provocaba mi depresión y todos los tratamientos que me aplicaron durante trece años fueron composturas ineficaces para la mejoría definitiva, que tan sólo se produjo cuando estabilicé mi vida fuera del Opus Dei.

Creo que lo que me daba una cierta estabilidad con respecto a la depresión era precisamente el deseo cada vez mayor de irme de la Obra. Pienso que al enfrentarme a la verdadera razón de mi mal y al poner los medios de que disponía para dejarlo fue lo que precisamente me inyectó vitalidad. El caso es que mis ganas de dimitir en la Obra aumentaron durante el año siguiente a la aplicación del electroshock, pero continuaba careciendo de los recursos interiores necesarios para llevarlo a cabo. Según la imagen de futuro que vaticinaban mis directoras era muy dura la vida que me esperaba fuera del Opus Dei: sin familia, con cuarenta y dos años, con una gran enfermedad, con padres muy mayores, sin amistades y, por si fuera poco, jugándome la salvación eterna por decirle a Dios que no en un don tan valiosísimo como es la gracia de la vocación a la Obra.

Pero, ¡hete aquí!, que hace poco más de un año (mayo de 2004), por casualidad descubro esta web. Leo con admiración como no soy la única persona a la que le ocurren estas cosas, sigo a Carmen Charo en su testimonio y cómo tan sólo mejora cuando deja el Opus Dei, me empapo de los correos diarios, de los documentos que figuran en “Tus escritos“… e, ¡ilusa de mí!, lo cuento en la charla de la semana siguiente. Me contestan que debo dejar de acceder a esta web, pero para entonces ya se me “habían abierto lo caminos divinos de la tierra” y sigo entrando en ella; lo cuento de nuevo, me contestan que si continúo leyéndola he de hablar con un sacerdote de la Delegación y, por la cara que puso quien llevaba mi charla, le pregunté si lo que estaba haciendo era algo muy grave y me respondió que sí. Pero ya era imposible pararme, así que ni fui a ver a ese sacerdote ni volví más al centro. Escribí a los orejas expresándoles mi deseo de contactar con alguien que me pudiera ayudar y tuve encuentros con algunos exmiembros. Ya me hallaba con la fuerza necesaria para dejar el Opus Dei. Saqué el propósito de no volver a pisar un centro de la Obra, por lo que quedé una tarde en una cafetería con la agregada que llevaba mi dirección espiritual y le entregué la carta de dimisión al Opus Dei.

Cambié de psiquiatra (por supuesto no del Opus Dei) y después de varias consultas me dio la buena noticia de que no padecía depresión bipolar, sino que mi estado depresivo se debía al ánimo triste normal de cualquier persona, que se desborda hacia la enfermedad cuando se halla sometida a una gran soledad y al intenso estrés de carecer de esperanza para salir de ella, por lo que la desaparición de las circunstancias que lo provocan (en mi caso dejar la Obra) llevaría de nuevo a la salud. Y, en efecto, así ha ocurrido.

A mediados de agosto conocí a quien ahora es mi marido (nos casamos unos meses después), a final de ese mes me llamaron de delegación contándome que el Padre no me daba la dispensa en espera de que me lo pensara mejor y les respondí que como tardaran mucho en dármela corrían el riesgo de que contrajera matrimonio sin estar dispensada, y cinco semanas más tarde, por fin, fui eximida de pertenecer al Opus Dei.

Junto a la Obra también se fue de mi vida la depresión de la que llevo más de un año sin presentar ningún síntoma, a pesar de que el nuevo psiquiatra me ha retirado, poco a poco, gran parte de la medicación (ya que no puedo abandonarla de golpe por el efecto rebote que me provocaría tras haberla estado tomando durante tantos años), siendo su idea la de acabar suprimiéndomela del todo.

Y aquí finaliza mi testimonio, que se corresponde con este presente en el que lo termino.

Minerva

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EL OPUS DEI INCLUIDO EN ESTUDIOS SOBRE SECTAS

Sectas Destructivas y Grupos de Riesgo

ELOY RODRÍGUEZ VALDÉS

  

Fragmento de un artículo sobre sectas destructivas, el Opus Dei es catalogado como secta destructiva de Grado B

[...]

Existen una serie de CARACTERÍSTICAS que definen y diferencian a una Secta Destructiva de cualquier otro grupo social que por su ideología, funcionamiento o estructura no tiene que ver absolutamente nada con dichas sectas destructivas. Entre las características que perfectamente definen a una Secta Destructiva estarían al menos, entre otras, las dieciséis siguientes:

1. Dañan psíquicamente a sus adeptos (lavado de cerebro = modificación del pensamiento).

2. Su único y principal fin es el DINERO (son auténticas “máquinas” de hacer dinero).

3. Es por ello, que para captar adeptos, se enmascaran o encubren bajo una fachada religiosa, socio-religiosa, cultural, de supuesta rehabilitación a toxicómanos, etc. Fachada (y contenido) que no les importa lo más mínimo. Es simplemente la “tapadera” para captar adeptos.

4. Acaban suprimiendo las libertades individuales y el derecho a la intimidad de los adeptos.

5. Reducen a niveles mínimos o nulos la voluntad y el razonamiento de éstos.

6. Manipulan y alteran brutalmente las emociones de sus adeptos.

7. Es un grupo con una estructura teocrática, vertical y totalitaria, en donde la palabra del dirigente (o dirigentes) es dogma de fe y lo único que cuenta y a lo que se debe obedecer.

8. Son grupos dirigidos, mayormente, por líderes carismáticos y “mesiánicos” (muchas de las veces son auténticos psicópatas).

9. Suele darse una auténtica manipulación de la sexualidad, bien por defecto (mayormente) como por exceso.

10. Son grupos con un fuerte rechazo a la sociedad e instituciones, aunque se valen de ellas.

11. Sus principales actividades suelen ser el proselitismo, la recolección u obtención de dinero (de múltiples maneras), la impartición de cursillos, charlas, conferencias, etc., la venta de productos, la supuesta resolución de problemas personales, la ayuda a marginados, etc.

12. Exigen al adepto una entrega y dedicación parcial o total al grupo.

13. Son grupos que acaban consiguiendo la ruptura del adepto con sus vínculos familiares, de pareja, sexuales, amistosos, sociales, de ocio, de trabajo, etc.

14. Son grupos que, bajo presión y manipulación psicológica al adepto, consiguen que éste acabe dando al grupo sectario (es decir, al líder) una parte o la totalidad de su patrimonio económico (dinero, sueldo, bienes, diezmo, propiedades, herencias, etc.).

15. Muchos de estos grupos suelen vivir en comunidades cerradas, o si no en total dependencia por parte del adepto al mismo.

16. Ocasionan a sus adeptos, en mayor o menor intensidad, una serie de perjuicios y trastornos psicológicos, muchos de ellos muy graves, sin olvidar tampoco los físicos.

 

Respecto al GRADO DE PELIGROSIDAD de las Sectas Destructivas, éstas se suelen clasificar en función del daño que pueden hacer no sólo, aunque fundamentalmente al adepto, sino también a la sociedad. Este daño que las Sectas Destructivas hacen a sus adeptos se agrupa en tres categorías: Daño psicológico, daño económico y daño físico.

En base a esto, la peligrosidad de las sectas se clasificaría en cuatro niveles o grados, de menor a mayor peligrosidad. Estos serían los siguientes:

Grado A: Son aquellos grupos o sectas (no destructivas) que no dañan ni psíquica, ni física, ni económicamente a sus adeptos. Son las menos numerosas.

Grado B: Son aquellas sectas que ocasionan daños económicos, físicos y psíquicos a sus miembros y, además, muchas de ellas utilizan dietas alimentarías y tratamientos específicos nada aconsejables. En este grupo estaría, entre otras muchas, Sectas Destructivas tales como: Ágora, Ananda Marga, Arco Iris (Tierra Nueva), CEIS, Iglesia Adventista del Séptimo día, Partido Humanista (La Comunidad, Verdes Ecologistas), Opus Dei, Testigos de Jehová, etc.

Grado C: Serían todas aquellas Sectas Destructivas, que aparte de tener las características del grado B, añaden otras que tienen relación con la violencia física, la prostitución obligatoria, la fabricación/venta de armas y la venta de bebés. Entre otras muchas, cabría destacar las siguientes: Centro de la Luz Divina, Iglesia de la Cienciología (Dianóstico, Narconón,Crirninón), Iglesia de la Unificación o Secta Moon, Niñosde Dios (La Familia, Familia del Amor, Misioneros Cristianos), Hare Kríshna, Nueva Acrópolis, etc.

Grado D: aquí estarían incluidas todas aquellas sectas o grupos destructivos que además de tener características de los grados B y C, pueden llegar a abarcar el extremo máximo de violencia, degradación y daño. Sin embargo, aquí se podrían hacer dos subgrupos: Por una parte estarían las sectas Diabólicas o Satánicas, por su posible relación con ritos diabólicos, satánicos y sacrificios humanos y, por otra parte estarían, las que sin ser sectas Satánicas pueden llegar a utilizar la violencia y el asesinato al máximo. Ejemplos de ambos tipos serían, entre otras muchas y respecto al primer grupo, sectas tales como: Bambini di Satana, lerudole di Ishtar (satánico-feminista), La Familia (de Charles Manson), Satori, Las Hermanas del Halo de Belcebú, etc. Mientras del segundo grupo se pueden mencionar algunas, tales como: Templo del Pueblo, Orden del TemploSolar, Misión Israelita del Nuevo Pacto Universal, LaVerdad Suprema, Park Soon Ja, Secta del pastor evangélico Ramón Morales, etc.

***

 

 

DOCUMENTO INTERNO DEL OPUS DEI CONCRETANDO EL PROCESO DE CAPTACIÓN DE ADEPTOS

 Documento interno del Opus Dei:

 

27 PASOS PARA QUE PA [PIDA LA ADMISIÓN EN EL OPUS DEI] UNA AL MES

(Delegaciones de Madrid)

-Una chica que no conozca nada, en 6 meses pa

 

1.    Conocerla.

2.    Quedar para salir a hablar de pájaros y flores.

3.    Fomentar la amistad: deporte, excursiones, aprovechar planes divertidos que se monten desde el ctr [centro].

4.    Pisar el ctr.

5.    Empezar a estudiar en el ctr.

6.    Visita a los pobres.

7.    Encargo material o ayuda en el centro: hacer el turno, poner ornamentos, etc.

8.   Meditación.

9.   Traer alguna amiga por el ctr.

10.  Charla de formación, si es posible con amigas.

11.  Oración: enseñarle y quedar todos los días para hacerla, proporcionarle tema y siempre recoger lo que haya sacado.

12.  Dirección espiritual.

13.  Hablar todas las semanas: fijar día y hora.

14.  Círculo.

15.  Plan de vida I (10′ de oración, ángelus, visita, 3 días Misa).

16.  Curso de retiro.

17.  Plan de vida II (15′ de oración, ángelus, visita, Rosario, 3 días Misa).

18.  Convivencia de fin de semana.

19.  Libro sobre la Obra.

20.  Plan de vida III (20′ de oración, ángelus, Misa todos los días, visita y rosario).

21.  Película de nuestro Padre: devoción a nuestro Padre.

22.  Convencer al cl [Consejo local].

23.  Hablarle para pa [pedir admisión] y visita a los pobres de la Virgen, si no ha hecho.

24.  Conversación con la d [directora].

25.  Preparar conversaciones breves con el sacd [sacerdote]: que pase y le cuente lo que va viendo en la oración y sus propósitos.

26.  Romería para pedir luces.

27.  Carta.

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Ver también:

La técnica sectaria del proselitismo en el Opus Dei

La trampa de la vocación al Opus Dei

La situación actual del Opus Dei en España

La decadencia del Opus Dei

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“LA CARCEL PARA ENFERMOS MENTALES DEL OPUS DEI”

La Cuarta planta de la Clínica de la Universidad de Navarra

Alberto Moncada, sociólogo. Presidente de Sociólogos sin fronteras

El Siglo, nº 605, del 31 de mayo al 6 de junio de 2004

En los últimos tiempos se constata un creciente número de enfermedades mentales, entre los socios numerarios del Opus Dei y un peculiar tratamiento de ellas en la cuarta planta de la Clínica Universitaria de Navarra. A la cuarta planta son enviados los miembros de Opus con problemas. Por una parte, hombres y mujeres que sufren trastornos psicológicos producidos por las contradicciones de la vida del numerario. Al cabo de cierto tiempo, muchos entran en depresiones, en neurosis… Los directivos del Opus no permiten que profesionales de la salud mental ajenos a la Obra se ocupen de ellos y han organizado un equipo propio en Pamplona, dirigido por el doctor Cervera y nutrido exclusivamente por miembros del Opus, para tratarlos…

La segunda fuente de pacientes para la cuarta planta son los indecisos o críticos. Los directivos del Opus comparten con los teóricos del estalinismo la tesis de que la desviación ideológica es una enfermedad mental y cuando algunos numerarios del Opus atraviesan crisis de identidad son aconsejados o forzados a pasar una temporada en la cuarta planta.

Según algunos de los socios tratados, hoy fuera de la Obra, el trabajo del equipo médico no consiste tanto en ayudar a recuperar la salud, a clarificar la identidad sino, sobre todo, a insistirles que sigan en el Opus y acepten su enfermedad como prueba divina.

Así se explica la ex numeraria Carmen Charo Pérez de San Román, paciente de la cuarta planta: “Yo sufrí una depresión debido a la vida llevada en la Obra como numeraria, de negación de toda autoestima, de fomento permanente de la inseguridad personal, de incoherencia entre lo que se vive y lo que se piensa… Estuve en este estado los últimos siete años. Los síntomas desaparecieron rápidamente al abandonar la Obra y comenzar una nueva vida”.“Para mí, esto es un motivo de escándalo, que aún hoy, 15 años después de mi salida de la Obra, me subleva interiormente porque lo considero una forma de tortura, que desde luego, Dios no puede bendecir”.

Muchos de los pacientes de la cuarta planta son mantenidos en estado de fuerte sedación por la abundancia de tranquilizantes y otras drogas debilitantes de la voluntad que les suministran. Este tratamiento se practica también en las casas cuando sus directores perciben síntomas de estas situaciones. De esta manera, los médicos del Opus, cómplices del mando opusdeista, incumplen su primer deber deontológico, actuar para el beneficio individual de sus pacientes.

Los directivos del Opus mantienen esa utilización interna de la cuarta planta en total discreción y aunque a ella concurren pacientes externos de Psiquiatría, los pacientes internos están aislados, incluso de sus propias familias, a los que se les oculta la situación real con noticias tales como que “están descansando, pasando una temporada de reposo por el desgaste profesional”.

Como ha llegado el Opus a esta situación, a la creación de un “GULAG” para sus propios miembros?.

La evolución del movimiento creado por Escrivá de Balaguer permite encontrar algunas interpretaciones. Escrivá diseñó un modo de vida para los numerarios calcado del de los religiosos: votos de pobreza, castidad y obediencia, reglas de control de las actividades por los superiores, obligación de residir en casas propias, etc. Pero la contradicción es que, paralelamente, se afirma que los numerarios son cristianos corrientes, que tienen una profesión y la ejercen con libertad en el mundo, que son responsables de sus propias opiniones y decisiones. En una primera época, cuando la mayoría de los numerarios ejercían profesiones académicas, apenas se producían conflictos. Fue más adelante, cuando había numerarios, e incluso numerarias, ejerciendo otras profesiones, que empezaron a surgir. El tema más conflictivo empezó siendo el dinero. Los numerarios deben entregar el Opus todo lo que ganan y recibir de la caja de la casa una cantidad para sus gastos. Pero si un profesional, abogado, arquitecto, médico, comerciante decide hacer inversiones en sus oficios o negocios necesita la autorización de sus superiores, algo que se complica si quieren pedir créditos bancarios. A esa contradicción se fueron sumando otras, la de tener que abandonar cada cierto tiempo el trabajo civil para actuaciones apostólicas, la de cambiar de casa o ciudad por las mismas razones, hasta ir haciendo prácticamente imposible la realización normal de una actividad profesional. Contradicciones que producen crisis de identidad.

Actualmente la mayoría de los numerarios trabajan en ocupaciones internas, son sacerdotes, funcionarios de la burocracia opusdeista, profesores en los centros de enseñanza propios… Con lo que realmente su empleador es el mismo Opus Dei, de modo que son las mismas autoridades las que controlan a la ve su observancia religiosa y su trabajo. Ello simplifica las contradicciones al precio de haber convertido al numerario en otra cosa, en un religioso disfrazado de civil y, con la intensificación del carácter sectario de la organización, en un robot manejado a distancia.

A su vez las autoridades han ido evolucionando. Hoy la gente llega al poder, al mando, preferentemente por lealtad a la organización y ello les impide entender y resolver las contradicciones intelectuales y vitales que sufren tantos socios. Además, las personas que ocupan cargos internos apenas tienen experiencia civil, su vida ha transcurrido dentro de la organización y toda su preocupación es mantener el control personal e ideológico de los socios. El actual prelado, Javier Echevarría, entró en el Opus muy joven, no ha estudiado en universidades civiles, ha vivido siempre en Roma, pegado al mando y no ha tenido ninguna experiencia profesional.

En cuanto a la ideología, y aunque se predica la libertad profesional, de hecho lecturas, viajes, contactos están controlados. Una consecuencia sociológica de ello es que entre los numerarios apenas hay gente que ejerza profesiones críticas. Hay médicos, ingenieros, militares, abogados, empresarios, pero no hay humanistas, poetas, sindicalistas, políticos progresistas. Los numerarios y los supernumerarios son profundamente conservadores en sus opiniones y afiliaciones políticas. Una antigua numeraria fue severamente criticada en el confesionario porque no votó al Partido Popular en un determinado momento.

Son los supernumerarios, casados y con un lazo no muy estrecho con la organización, los que encarnan la doctrina de la obra de que sus miembros deben actuar en el mundo. De hecho los supernumerarios, extraídos del catolicismo más tradicional, sirven principalmente para financiar las actividades del Opus a través de esa contribución del diez por ciento de sus ingresos que deben efectuar, como parte de su compromiso.

El dedicarse preferentemente a los asuntos internos condiciona la perseverancia. “A donde voy a ir a mi edad, -comentaba un numerario cincuentón-; no he ejercido mi profesión, no tengo dinero, aquí me cuidan bien, tengo una casa confortable, servicio doméstico, mis necesidades están cubiertas. Si me voy a la calle a empezar de nuevo, me sería muy difícil”. Así hay tanta perseverancia forzada, tanto aguantar decisiones con las que no se está de acuerdo, algo que desemboca obviamente en el cinismo. El Opus, al contrario que otras organizaciones religiosas, no tiene previsto ayudar económicamente a los miembros que se lo abandonan.

Otra característica del nuevo Opus influye también en la creación de mentes enfermas. La recluta de numerarios que se hacía normalmente en la Universidad, hoy se hace antes. Es muy difícil convencer a adultos de que se hagan numerarios como es igualmente difícil que la Iglesia católica consiga vocaciones para el celibato sacerdotal. Por ello la recluta se practica entre niños, especialmente entre hijos de supernumerarios que son educados en colegios del Opus. Y aunque la ley canónica prohíbe que se puedan reclutar antes de los 18 años, -el cardenal Hume de Londres tuvo conflictos graves al prohibir esa práctica en su diócesis-, se acude a un truco legal. Y es que se ha creado la figura del aspirante que puede entrar en la Obra a los catorce años y medio y luego pasar a numerario aunque, desde el principio, está sujeto a las mismas reglas.

Ciertamente que a ello contribuye la progresiva transformación del Opus en una red de colegios. Escrivá sostenía al principio que la Obra nunca tendría centros de enseñanza, que sus socios trabajarían en centros públicos pero, con el paso del tiempo, las necesidades de supervivencia y los cambios sociales, han hecho variar la estrategia opusdeista. Aprovechando el abandono por los jesuitas de la educación de las elites, el Opus ha abierto cientos de centros, especialmente en el mundo latino, a los que acuden las clientelas católicas. La educación mantiene el tono elitista y conservador que esas familias desean, incluso no hay colegios mixtos sino separados por sexos. Los centros del Opus tienen buena calidad técnica pero sus profesores están obsesionados con la idea de reclutar numerarios y numerarias y usan las tutorías docentes para ese fin. Una coalición inmoral entre profesores y confesores conduce a la presión sobre los alumnos que tantos han documentado ya, especialmente en los testimonios que aparecen en la página web: http://www.opuslibros.org/.

La presión sobre los candidatos produce precoces vocaciones opusdeistas que se consideran por el mando como la mejor productividad de esos colegios. Pero también produce personalidades débiles, alojadas en esa burbuja ideológica y costumbrista que es hoy el Opus de los numerarios. Muchos, la mayoría, se salen en cuanto pueden empezar a pensar por su cuenta, en cuanto sienten más intensamente las pulsiones sexuales. Pero otros se autorreprimen, se fanatizan y uno de los efectos secundarios de esta manera de proceder por los mandos son los trastornos psicológicos de tantos chicos y chicas, algunos de los cuales, incluso, han intentado suicidarse (ver página web citada). Una mención especial merecen las numerarias auxiliares, las que se dedican a limpiar las casas. Según Escrivá eran sus “hijas pequeñas” y ese tratamiento pueril se mantiene de por vida, con una rigurosa separación en dormitorios, reuniones, etc, de las otras numerarias. Lógicamente, como todo el servicio doméstico, estas asociadas proceden de países más pobres pero, a la larga, tal discriminación produce abandonos y también graves daños psicológicos graves.

La cuarta planta es, hoy, la última expresión de esa progresiva transformación del Opus Dei en una secta aunque el Vaticano se siente cómodo con esta organización para llevar a cabo esa contrarreforma de los nuevos modos que se abrieron en el último concilio. Otras organizaciones parecidas, como los Legionarios de Cristo o los Neocatecúmenos tienen, junto al Opus, el favor de este Papa, en detrimento de la influencia de otras organizaciones que, no hace mucho tiempo, constituían el tejido orgánico de la Iglesia católica (los jesuitas, los dominicos o los franciscanos, que han ido evolucionando y acoplándose a las nuevas realidades sociales).

Este tipo de organizaciones fundamentalistas y sectarias están contribuyendo a que, de hecho, existan dos Iglesias católicas: la Vaticana, -tradicional, amiga de la cercanía a los poderes civiles, insistiendo en los viejos temas de la sexualidad, la formalidad, la lealtad-, y la del Concilio, abierta al mundo, simbolizada por la Teología de la Liberación y dominante en el espacio demográfico de más futuro como es América Latina.

***

El Opus Dei como enfermedad (y a veces mortal)

EL OPUS DEI COMO ENFERMEDAD… y a veces, mortal

 

Publicado originalmente en Opuslibros.org, E.B.E., ex numerario

Hace unas semanas se cumplió el aniversario de la muerte de un numerario que aparentemente falleció de manera sorpresiva. Era una persona extraordinaria. Forma parte de mis mejores recuerdos de mis años en la Obra.

Este amigo sufría de ansiedad y canalizaba esa angustia por medio de las comidas, entre otras cosas (el alto nivel de actividad también lo mantenía alejado de su angustia). Si bien su alimentación no era la más adecuada, el origen de sus problemas de salud estaba en la ansiedad que padecía.

Debía controlar su dieta para no afectar, entre otras cosas, al corazón.

El mismo me contó que todo comenzó cuando se fue a vivir a otro país (mejor dicho, «lo mandaron»), donde estuvo muchos años hasta que no aguantó más. El se hubiera ido de esa ciudad mucho antes (en realidad, el problema no era precisamente la ciudad sino el vivir en centros de la Obra cada vez más parecidos «al Corazón de la Obra», Villa Tevere). Más aún, con insistencia pidió irse y sólo después de mucho luchar consiguió volver a su región de origen (y no estoy hablando de una persona pusilánime precisamente). De aquella región «lo devolvieron» con mucha ansiedad y depresión.

Recuerdo ahora un caso parecido, otro numerario que se encontraba muy deprimido y lo último que deseaba era tener como destino Villa Tevere (lugar estructurado por antonomasia), y sin embargo “por obediencia” allí fue a parar “por su bien”, lo cual destruyó más su salud hasta que “le permitieron” volver a su región de origen. Desconozco cómo sigue su salud, pero sé que fue empeorando al poco tiempo de regresar y no sé si ahora estará mejor. Por eso, cuando leo parte del kafkiano itinerario de Carmen Tapia por Villa Sacchetti, no me parece nada irreal, al contrario, se corresponde bastante con lo que sufrieron estos amigos. Pero vuelvo al primer caso.

Lo que sucedía es que los directores lo «necesitaban» para sacar adelante unos proyectos de la Obra y mientras no estuvieran terminados o bastante encaminados, «no podían dejarlo ir». Fue así de simple, así me lo contó él.

Lo más notable es que en ningún momento pensó que el problema era «la Obra» sino «la idiosincrasia del país» donde estaba y que todo se resolvería volviendo a su región de origen.

Volver no fue la solución. Durante mucho tiempo tuvo angustiantes pesadillas acerca de la región que había dejado, como si fuera inevitable retornar allí, lo cual se constituía luego en un verdadero tormento diurno. No sería extraño que padeciera una especie de estrés post traumático.

Que cada uno imagine, entonces, la razón de su angustia y ansiedad. Y lo notable es que varias veces le dijeron que «se quedara tranquilo», que eso no sucedería jamás. El quería «confiar», pero su inconsciente -como diría Serrat- «no confiaba en ella», en la Obra, en las palabras de sus directores. Y resultaba lógico: si anteriormente lo retuvieron contra su voluntad durante tantos años en una región donde no quería estar, ¿por qué razón, en lo más profundo de su ser, habría de confiar ahora? ¿Quién podría dar garantía alguna de «la palabra dada» por la Obra si en los más altos niveles fue forzado contra su voluntad? No había ninguna garantía moral, sólo la «necesidad» personal de creer que «eso» no volvería a suceder.

Había llegado a cuestionar a todos los directores que intervinieron en su caso, frenando su regreso. No tenía ningún problema con enfrentarse al prelado si fuera necesario. Pero jamás pensó en cuestionar a la Obra misma. Hasta ahí llegaban sus cuestionamientos.

Más tarde, él me dijo que ya estaba tranquilo, que no tenía esas pesadillas. Pero su ansiedad, seguía adelante. Y siguió hasta el último día.

Tengo entendido que «murió del corazón» ¿Pero de cuál de ellos, del alma o del cuerpo?

Me parece bastante razonable pensar que «su muerte natural» se debió a una alimentación que no le hacía bien a su salud, para compensar la angustia que sentía viviendo en la Obra.

El quería creer que el problema «estaba solucionado», pero su cuerpo y su inconsciente, por alguna razón, no pensaban de la misma manera. Necesitaba resolver la angustia y ansiedad que «había contraído» estando en el otro país y lo hacía de una manera que no le beneficiaba a su cuerpo. Pero, dentro de la Obra, posiblemente no veía otra «salida». Y salir de la Obra, era «la muerte». Un dilema mortal.

***

Desde el primer momento, más de uno que lo conocimos, pensamos que su muerte se debía al poco cuidado que la Obra había tenido respecto de la salud de este numerario, cosa que no hubiera sucedido en una verdadera familia. Pues en una familia el cuidado de las personas es fundamental, ya que todos son imprescindibles, nadie es un número, todos son irremplazables y cuando alguien desaparece, hay un profundo dolor. En la Obra, en cambio, no es así. Basta comprobar la ausencia de un verdadero “duelo”, tanto por las muertes como por las separaciones. Simplemente «se reemplazan unas piezas por otras».

Pero luego, pensando un poco más, concluí que era una pretensión absurda exigir que la Obra lo hubiera cuidado mejor.

A ella le convenía muchísimo que este numerario siguiera vivo, entre otras cosas por «lo útil» que le era. ¿Entonces? Por más que lo hubieran querido «cuidar», había algo que la Obra no podía hacer, porque no estaba «dispuesta a hacer» y era lograr su curación definitiva.

Seguramente lo querían «cuidar» y lo cuidaban mucho, pero «lo necesario» para «no exagerar», porque -paradójicamente- si se curaba, entonces dejaría de ser útil a la Obra y la Obra sólo estaba dispuesta a cuidarlo en la medida en que fuera útil a ella, que es lo que hicieron con él mientras estuvo en aquél país. Este es un «pattern» corporativo: la primacía de la eficacia y la utilidad.

La Obra podía «controlar» la enfermedad de este numerario, pero no estaba dispuesta a «pagar el costo» de su curación: reconocer dos cosas, que el problema era el sistema de vida de la Obra -según testimonio del propio interesado- y que la solución inmediata para este numerario estaba muy posiblemente «afuera» de la institución.

La tercera posibilidad era que la Obra reconociera que ella enferma a sus miembros. Y jamás iba a reconocer que «ella» fuera «el problema» de nada. La solución, entonces, no era cambiar de región sino salir de la Opus Dei.

Los miembros, o aprenden a convivir con la enfermedad de la Obra o necesitan separarse de ese «cuerpo de muerte».

***

Era una contradicción -por mi parte y la de quienes así lo creían- pretender el cuidado de la salud de alguien que vivía dentro de un sistema de vida insalubre en sí mismo. Y me di cuenta de que esa «pretensión» mía y de tantos otros, la habíamos «aprendido» de la Obra, era un planteo propiamente de alguien que «está adentro» y quiere, a la fuerza, hacer compatible lo incompatible. Es una muestra de cómo se pierde el sentido común cuando se piensa con las categorías mentales de la Obra.

Intentar que alguien resuelva su problema de salud dentro de un sistema insalubre, es una especie de tormento permanente. Esa «ayuda» (cfr. Flavia, “Los remedios de la Obra“) es peor que su ausencia, porque cierra las pocas posibilidades que hay de encontrar la solución. Se hace muy difícil salir de la Obra en estos casos, es una trampa total.

Pues posiblemente cualquiera que hubiera visto «desde fuera» esta situación -por la cual pasaba mi amigo-, se hubiera dado cuenta de que el problema era insoluble a menos que se cambiara de entorno.

Y mi amigo cambió de ciudad, pero no de entorno: seguía siendo el mismo. No era un problema de «región».

En parte, él estaba feliz en la Obra -su cuerpo no- porque con todas sus energías quería hacer posible el ideal que había abrazado un día, pero la Obra era otra cosa muy distinta a ese ideal: su cuerpo mostraba la inadecuación entre la Obra como idealidad y la Obra como realidad. No es extraño para mí pensar que su conciencia nunca podría soportar ver ese contraste y fue su cuerpo el encargado de recibir ese mensaje.

***

¿No podrían acaso, haberse encontrado soluciones intermedias? Pues este amigo realmente disfrutaba de la actividad apostólica que desarrollaba -que era auténtica- y muy probablemente hubiera sentido un vacío importante si cortaba drásticamente con la Obra, tal vez le hubiera perdido el sentido a la vida, no sé. Por algo se aferró tanto a la Obra, a costa de su vida.

Podrían haberse buscado soluciones intermedias, pero la Obra no estaba dispuesta a ello. La vida de l@s numerari@s y agregad@s es particularmente estructurada y no hay casi margen para la flexibilidad, porque así lo decidió su fundador, a quien se le atribuye la autoría de todo en la Obra.

Ahora bien, ya que no hay flexibilidad para vivir adentro, al menos debería haberla para abandonar la Obra, pues de alguna manera uno tiene que “respirar”, ya sea adentro o afuera.

Pues, no. Uno tiene que aguantar el no poder ir a respirar afuera y el no poder respirar adentro. Por eso se tienen «los días contados», a menos que se transformen los pulmones en unas branquias que puedan respirar el ambiente peculiar de la Obra. Es imposible permanecer sin mutar.

Por eso, la salida de la Obra es la única opción posible, que por supuesto no está contemplada como tal y, como no está contemplada, es por ello más que nunca la única solución posible dentro de un sistema tan intolerantemente cerrado.

Pero mi amigo no estaba dispuesto a irse, o al menos, no estaba «preparado» para ello, no podría soportar la salida de la Obra como condición para curarse -le parecería, paradójicamente, una contradicción-, prefería «aguantar» adentro hasta no poder más. Y es lo que, al parecer, sucedió.

***

Es muy probable que los directores no se hayan dado cuenta a tiempo de que este numerario estaba por “romperse”, pues el sistema de vida de la Obra les parece de lo más saludable y natural. Creo que yo nunca hubiera podido predecir que se estaba por morir en esos días, pero sí era evidente para mí -más aún, confirmado por sus propias palabras- que su problema se había originado a causa de la Obra y que, desde que había vuelto de aquella región, no estaba bien ni había encontrado solución a su problema de salud.

La Obra es responsable de lo que le sucedió, al menos por negligencia, pero también es posible pensar en una mayor responsabilidad aún si se analiza toda esta situación a partir de la doctrina que enseña la Obra sobre «la perseverancia» y la manipulación que ejerce en las conciencias hasta provocarles una verdadera opresión “en nombre de Dios”.

***

Paradójicamente, la exhortación a «morir en Casa» que el fundador repetía constantemente a los miembros de la Obra en nombre de la «fidelidad» se reveló, al menos en este caso, como un «emblema siniestro».

Podría decirse que esa exhortación llevó a este amigo a la muerte, pues para «vivir» él debía transgredir ese principio, lo cual, no podía hacer sin pagar graves consecuencias: ir al infierno, como lo enseño el fundador (cfr. La Obra como Revelación, la doctrina objetable, punto C).

¿Cómo ha podido suceder que una persona -en este caso, inteligentísima- estuviera dispuesta a morir antes que recuperar su salud fuera de la Obra? ¿Cómo puede ser? Posiblemente porque él creía no tener más opciones que las que le daba la Obra y la Obra no le daba opciones.

La explicación teórica está en la «espiritualidad» que predica la Obra y en sus consecuencias prácticas:

«Si el alma en circunstancias particulares necesita una medicación -por decirlo así- más cuidadosa, esto es, si se hace necesario el oportuno y rápido consejo, la dirección espiritual más intensa, no debe buscarla fuera de la Obra. Quien se comportara de otro modo, se apartaría voluntariamente del buen camino e iría hacia el abismo» (del fundador, meditaciones III, pág. 373-374).

Aun si el fundador se refiriera sólo al «ámbito religioso», esta doctrina no se salva de ser una completa aberración. Pero quienes estuvimos en la Obra sabemos que esta doctrina se aplicaba a la vida de l@s numerari@s y agregad@s en su totalidad. Por ejemplo, la solución a los problemas de salud psicológicos tampoco debía buscarse «fuera de la Obra» y quien así lo hiciera «iría hacia el abismo». De hecho, la mayor parte de las veces el psiquiatra solía y suele ser de la Obra, y si no, debía y debe ser «aprobado» por los directores.

Analizada, entonces, esta doctrina a la luz de los hechos concretos, de la vida práctica, ¿no debe acaso la Obra responder por las consecuencias de semejante doctrina, de la cual es autora?

Preguntémosles, si no, a sus familiares ¿qué opinarían si ellos hoy pudieran elegir entre su pariente muerto a causa de la «fidelidad a la Obra» y su pariente con vida pero fuera de la Obra, más si supieran que muy probablemente murió por no encontrar la solución a su problema de salud dentro de la Obra y porque la Obra «doctrinalmente» no le permitía ir afuera a buscarla?

Está claro que no se puede argumentar que «fue su voluntad» el quedarse en la Obra, pues los años que pasó en aquella región son una prueba explícita de cómo permaneció contra su voluntad, pues creía no tener otra opción. Esta creencia es la que impide a muchos salir del callejón sin salida en que se transforma la Obra.

Sus familiares no saben esto, ni tampoco que su pariente numerario tuvo que elegir entre «morir en Casa» o «ir al infierno», el abismo de la desgracia eterna al cual la Obra condena a todos aquellos que la abandonan, lo cual es un tramposo dilema. Si supieran que su pariente numerario estuvo sometido a esa presión -como le sucede a tantos-, que lo llevó a la muerte o lo que es lo mismo a no buscar la vida fuera de la Obra, decir que se pondrían furiosos es poco. Ni siquiera creo que conozcan la presión que sufrió para permanecer contra su voluntad en aquél otro país, no creo que lo sepan porque «de estas cosas» no está permitido hablar con la propia «familia de sangre» ya que son «unos extraños» para las «cosas de la Obra». Supondría una «traición grave».

***

Aunque sea un proceso muy difícil de demostrar (y tal vez finalmente sin éxito), existiría la posibilidad de que la Obra fuese enjuiciada por el fallecimiento de este y otros numerarios, al menos debido a la «ideología de muerte», que inculca en sus miembros hábitos autodestructivos, falsas opciones que les llevan a elegir la muerte (dentro de la Obra) antes que abandonar la Obra (la otra muerte, la Muerte Eterna), sometiendo sus conciencias a una gran presión. Muy lejos de la figura del mártir y más cerca de la experiencia sectaria.

Lo que le ocurrió a este numerario no fue «un accidente» sino una «consecuencia» que parece bastante lógica.

Por lo menos, fue una negligencia personal de algunos directores -por no prestar atención a las señales de ansiedad que durante años tuvo este numerario- y, luego, una consecuencia íntimamente ligada a una ideología y a un sistema de vida cuyo autor y promotor es la Obra, institución que, además, usa métodos coercitivos para inculcar esa ideología.

La Obra es la causa del deterioro de la salud de muchísimos de sus miembros, y no es extraño que lo fuera de la muerte de este amigo.

Pero un enjuiciamiento -en los casos de muerte- no es fácil porque -en el caso de los numerarios- se pierde mucho el contacto con las familias de origen, por lo cual quien al momento de su muerte «reclama por el difunto» es la Obra misma como «su familia directa» y por lo tanto nunca va a investigar nada. Y si «el difunto» nunca pudo hablar antes -ya que sería una «infidelidad»- con sus familiares acerca de sus problemas personales con la Obra, el silencio es completo. No se entera nadie («de afuera»).

Este «morir en casa» es resultado de una «trampa moral» (y a veces mortal), con la cual juega la Obra para retener a sus miembros (ya sea en la región que fuere) y ahí la inteligencia no lo es todo (como hace poco nos recordaba Jacinto). Es la conciencia la que se encuentra sometida y la inteligencia muchas veces no puede hacer nada.

***

No creo que los parientes de este amigo sepan lo que realmente le sucedió. Deben pensar que se trató de una «desgracia» y que fue «imprevisible».

Pero, por si hay algún caso semejante entre quienes leen OpusLibros, es bueno que los familiares de l@s numerari@s y agregad@s -especialmente de l@s numerari@s, ya que generalmente la familia no existe para ellos- que han sufrido infartos, se pregunten por las causas profundas de esos infartos. Espero que en muchos casos, los familiares puedan adelantarse y plantearse a fondo si la solución para los problemas de salud -psiquiátricos, psicológicos, del corazón, etc.- que hoy pudieran tener sus parientes miembros de la Obra, pensar si no se resolverían sacándolos del «sistema» de vida. El cómo hacerlo es otro asunto, pero al menos saber que el sistema muy probablemente sea el problema, ya es un avance importante.

Hace unos años el hermano de un numerario que pasaba por una profunda depresión, me preguntó con cierto tono de desconfianza: ¿lo están cuidando bien (en ese centro)? A lo cual yo no me animé a contestarle con lo que realmente pensaba: que en la Obra nunca podría encontrar la solución a su problema de salud.

Pero sí había un numerario, psiquiatra él, que en muchos casos no tenía problemas en dar ese pronóstico a numerarios que veía deprimidos e iban a su consulta. Por esa razón, los directores de la Obra le prohibieron, en adelante, seguir atendiendo numerarios, y en general los directores derivaban a esos pacientes a otro numerario psiquiatra que jamás «cuestionaba» a la Obra y «ayudaba a perseverar» con empastillamientos, toda una maniobra escandalosa y muy perversa, de la cual son responsables tanto los directores como ese psiquiatra. El otro psiquiatra, «buen samaritano», murió de un infarto, según me dijeron en la Obra, aunque desconozco cómo fue su proceso hacia ese final.

La Obra nunca reconocerá que su sistema de vida es -al menos para no pocas personas- insalubre en sí mismo y vivirá en permanente contradicción queriendo cuidar a sus miembros sin cambiar las causas que los llevan a enfermarse (sino todo lo contrario). La Obra jamás podrá cuidar a nadie cuya enfermedad es provocada por el hecho de vivir en la Obra. En todo caso, y si por alguna razón a la Obra le interesa, ella intentará «retrasar» el avance de la enfermedad, pero nunca traerá la curación, que en definitiva se encuentra afuera de la Obra.

Muchos somos los que logramos saltar «el Muro» y «sobrevivir a la Obra». A otros, sencillamente les resulta impensable y creen que la única opción que les queda es «morir en casa».

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