
Publicado originalmente en Opuslibros.org
Introducción.
Esta carta de dimisión, o de petición de dispensa de los compromisos contraídos como miembro numerario del Opus Dei, y la exposición de motivos adjunta, estaban dirigidas al Padre (léase Prelado del Opus Dei; entonces, 1993, Don Álvaro del Portillo). Si he decidido publicarla es porque creo que puede hacer algún bien (no “más bien que mal”, porque el cálculo utilitarista, aunque lo valoro en sus justos términos, es algo que sólo cabe ex post; es decir, cuando todo se consume). Ese bien que creo que puede hacer no es en abstracto, sino a un par de personas que han escrito recientemente al sitio.
Publico esto, además, porque tengo fundados motivos para pensar que esta carta, cuánto más la exposición de motivos, nunca llegaron a manos de su destinatario, Don Álvaro, y sí, en cambio, a las de Javier Echevarría, actual Prelado. Y eso que consideraba que al menos tenía ese “último y único derecho”: que lo leyese su destinatario y no otro. Don Álvaro, a quien siempre consideré mucho más humano, prudente y cercano que al Fundador, murió poco después. A los pocos meses, aparecieron unas declaraciones de Mons. Echevarría, ya Prelado, en una entrevista a un diario español (el antiguo “Época”, si mal no recuerdo), en las que empleaba expresiones muy similares a algunas que aparecen en mi exposición de motivos.
Diversos comentarios que me llegaron entonces parecían indicar que de hecho hacía tiempo que Don Álvaro había dejado de leer las peticiones de dispensa de compromisos de numerarios en los que se advertía de fondo un “me voy, aunque no quisiera”, con la implícita denuncia de que directores intransigentes con la ortodoxia y otros celadores intolerantes de la ortopraxis no dejaban más opción que solicitar la dimisión. De hecho, recuerdo la confidencia de una persona con muchos años en la Obra que me dijo en esos días que, tras pedir otro numerario, creo recordar que andaluz (Pepe M.), también con bastantes años en la Obra, la dispensa de compromisos, forzado por la presión de los directores y haciéndolo constar en su carta de dimisión (se la hicieron repetir), habiendo llegado “de forma excepcional” ésta a Don Álvaro, éste reconvino a los directores por la barbaridad cometida “contra ese hijo suyo, tan querido como los demás”, y disponía que pidieran inmediatamente perdón y le dijeran expresamente, entre otras cosas, que supiera que tenía todo su cariño y bendición.
Por tanto, no me refiero a que la gestión administrativa de algunos “despitajes” conflictivos estuviese delegada en otras personas, sino a que quizá se le ocultaban al Prelado ciertas cartas “para que no sufriese con esas deserciones” o “no le amargasen los últimos años de su vida”. Dicho de otra forma, tengo la duda de si, con la vergonzante excusa del cariño filial hacia su persona, se le hurtaban testimonios de miembros que dejaban la Obra y que exponían de una u otra forma sus motivos para hacerlo, como hice yo. En tal caso, sus “subalternos” le habrían impedido acceder, a sabiendas, a elementos que podían haber contribuido a entender, discernir y dirigir la Obra. Como entiendo que lo de la “gracia del cargo” existe, pero sólo para quien tiene el mandato y la información, no para quien asume funciones que estrictamente no le competen sin que el relevado siquiera lo sepa, por muchas excusas de cariño filial que se pongan, el asunto siempre me pareció grave. Como no puedo probarlo, lo expreso como duda, que es lo que he tenido desde que hablé con esa persona y también con otro sacerdote y, días después, con un numerario con cargos internos en una de las delegaciones de Madrid. Los motivos para albergar dudas se fundan, además, en conversaciones con otras personas muy solventes con cargos de responsabilidad (entre ellas, el primer Consiliario de un país europeo).
Sirva esto, pues, como introducción a mi carta de dimisión y a la exposición de motivos que adjunté. Estos documentos los había dado por borrados para siempre en un concienzudo acto de “cortar con el pasado” que realicé hace unos años. Pero quedó una copia como adjunto a un mensaje de correo electrónico que se libró y hace poco reapareció. El original de mi puño de la carta fue transcripción literal de la plantilla que publico. Hube de escribir dos veces esta carta, al considerar los directores, a los pocos días de escrita la primera, que decía cosas que no eran de “buen espíritu” o que no era ese “su lugar”… Superada la amarga sensación inicial de verme obligado a pasar otra vez por ese trance, decidí adjuntar la exposición de motivos, en la que ahora sólo he omitido todos los nombres y un párrafo. Lo demás, para bien o para mal, queda tal cual. (Curiosamente, mi primera carta al Padre, es decir, aquella en la que unos 14 años antes solicité mi admisión como numerario, también me la hicieron repetir, porque el avispado de turno no comprobó ni siquiera mi edad exacta. De hecho, había escrito pidiendo mi admisión en la Obra con 14 años y 5 meses.)
Añado algunos “caveat”. Es evidente que se trata de un texto muy personal, escrito en circunstancias muy difíciles, que decido hacer público sabiendo que quienes habitualmente leen este sitio suelen ser personas sensatas y sabrán entender las cosas en sus justos términos; es decir, sabrán apreciar aquí o allá un mayor o menor peso de elementos subjetivos, silencios voluntarios, cosas que se dicen entre líneas, falta de intelección de una u otra cosa, quizá un racionalismo poco inteligente para alguien que es filósofo, sentimientos traicioneros, un “quiero, pero no quiero, pero no quiero no querer ni querer quiero”, ciertos comentarios imprudentes, el ridículo que pueda hacer al decir tal o cual cosa, o lo que sea, que de todo habrá. Aun así, quedo expuesto ante otros quizá no tan sensatos, y sé que puede reconocérseme fácilmente. A veces tomo prestadas ideas o palabras de otros, y cierta persona reconocerá claramente en qué decantaron las muchas conversaciones que mantuvimos por entonces.
Conscientemente, no creo estar faltando a la verdad ni a la caridad al publicar esto. A la justicia, no lo sé, porque no sé muy bien qué debo o dejo de deber a quién, ni quién tiene prioridad en esto de la justicia: si quienes, por representar lo que representan, no se bajan del burro ni piden perdón por el daño cierto infligido, pero que de alguna forma han contribuido a hacer de mi quien ahora soy, para lo bueno y para lo malo, o bien otros a quienes no conozco bien, pero tengo motivos para pensar que necesitan ayuda por estar en un tris de tomar decisiones importantes en relación con su pertenencia a la Prelatura. “In dubio”, opto por la acción en lugar de la abstención: cuanto más información y más experiencias de otros conozcan, mejor.
He dudado bastante si valía la pena que esto viese la luz. Los Orejas saben que me había dado un tiempo de reflexión y tenía mis reticencias. Después de haber leído últimamente otros testimonios, realmente duros, que dicen las cosas sin los remilgos con los que yo me ando, y que dejan traslucir un nivel de sufrimiento que me hace aborrecer con toda mi alma a quienes lo han causado y a la aberrante praxis que induce a causarlo, me he decidido a enviarlo. Ahora creo que sí, que vale la pena hacerlo, aunque sólo sea por el bien que creo que puede hacer a ese par de personas. Ojalá no me equivoque; en caso contrario, asumo desde ahora esa posibilidad.
N.B. Un par de comentarios aclaratorios sobre personas que aparecen en la “exposición de motivos”:
Escribí: “Ni los directores ni don D. son nadie para pedirme que pida perdón por algo que en conciencia pienso que está bien. Ojalá hubiera grabado la conversación, porque cualquiera que la oyera juzgaría que era de locos, y es difícil de creer que me pudieran llegar a decir lo que don D. me dijo.” -”Don D.” era entonces director espiritual, creo recordar, pero podría equivocarme, del centro de la delegación de Sevilla; me “invitaron” a exponerle mis dudas sobre ciertas cuestiones de conciencia y salí peor de lo que entré: escandalizado.
Escribí: “La delegación no se puede permitir el lujo de dejar que J. se vaya. Más que nada, porque si alguien dice: “en el Opus vivís así o asá y sois unos rígidos y tal”, se le dice: “no, hombre, no: mira a J., que hace lo que le da la gana”, y ya está.” - “J.” dejó la Obra hace ya varios años, después de unos 30 años como miembro numerario, está más sano que nunca y parece muy feliz.
Escribí: “Ya me decía una persona muy mayor en Casa, filósofo, que los filósofos de Casa que eran santos es porque ya lo eran antes de ser de Casa.” - Esa persona era Fernando Inciarte Armiñán, uno de los que empezó la labor de la Obra en Alemania, y ahora está gozando de la Trinidad, después de habernos dado a algunos mucho que pensar.
Fede
Diciembre 2003
Carta en la que solicité al Prelado la dispensa de los compromisos adquiridos como miembro numerario del Opus Dei
12 de diciembre de 1993
Queridísimo Padre:
Le escribo para comunicarle, para descanso mío y supongo que también de algunos directores, que he decidido irme de Casa. Le ruego tenga a bien dispensarme de las obligaciones que, como Numerario, contraje en su momento, puesto que parece que no vale la pena mantenerlas, ni por una parte, ni por otra. Por sentido común o por cálculo coste-beneficio: mi perseverancia en la Obra no vale su precio. Si los directores han llegado a esta conclusión, no tengo nada que añadir, salvo que me parecen muy malos tasadores, y que se han equivocado lamentablemente. Es una pena que me tenga que ir ahora, con todo lo que se está ganando. Ciertamente, no me echan (que no pueden): me voy. Quizás esto sea lo más duro.
Sólo añadiré algo que me parece importante: gracias. Sin duda, he recibido mucho más en este tiempo de lo que haya podido ser capaz de ofrecer o dar. En este intercambio contractual, he salido ganando. Lo digo con toda sinceridad (y también porque soy todo un caballero. Andante, claro, aunque a partir de ahora tenga que ir por estos mundos de Dios sin el soporte de mi Orden de Caballería, el escudo quebrado, la espada rota y los calcetines caídos).
Una vez dicho esto, si no quiere seguir o no dispone de tiempo, no siga leyendo lo que le cuento en las páginas mecanografiadas que adjunto. Sin embargo, si dispone de tiempo le ruego que lea hasta el final lo que tengo que decirle, porque seguramente será la última carta que le escriba y porque, después de todo, lo he escrito para usted. El tiempo pasado en Casa creo que me da, al menos, este último y único derecho (porque, como ahí le digo, renuncio a mi derecho a plantar defensa). Aunque digan que tengo un talante radical, nada de fiat iustitia pereat mundus. Y a lo mejor encuentra algo de interés en lo que sigue.
Reciba un fuerte abrazo de su hijo del alma, que deja de serlo sin saber muy bien por qué, y que promete seguir rezando por su persona e intenciones, y por los directores.
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