EL SADISMO DE LOS CACIQUES DEL OPUS DEI: En homenaje al sacerdote Antonio Petit

Transcribo a continuación la carta que acabo de recibir:
«Querido L.,
Cada día se suceden situaciones injustas y dolorosas en la vida, muchas de ellas difíciles de evitar, pero muchas otras son provocadas intencionadamente, y por eso resultan más dolorosas. Estas acciones se perpetúan y se repiten con la complicidad del silencio: nadie ha visto nada, nadie comenta nada, nadie sabe nada, hasta que alguien habla y se empieza a investigar. Estoy firmemente dispuesto a conseguir que cosas así dejen de suceder. Ya es realmente increíble que todavía sucedan y encima que las lleven a cabo personas que dicen amar a Dios. ¿Se dan cuenta del daño que están haciendo?
El pasado 12 de febrero falleció Antonio Petit Pérez, sacerdote numerario de la Prelatura del Opus Dei, y yo no quiero que su ejemplo heroico y su sufrimiento permanezcan en el olvido. Por eso te lo cuento para que el testimonio de su coherencia de conciencia sea conocido y tu hagas de todo esto el uso que creas más conveniente.
Antonio tenía 59 años y desde hacía unos 22 vivía con un riñón transplantado, por lo que necesitaba frecuentes atenciones médicas: llevaba 43 años en el Opus Dei y 32 como sacerdote. El 15 de abril de 2006, después de pedir consejo a personas que le querían y de haber hecho completo su curso de retiro anual, escribió la carta a su Prelado pidiendo la excardinación por su decisión de dejar la Prelatura.
Desde hacía unos diez años era objeto de calumnias dentro de la institución y de persecuciones que se concretaban en el control de la correspondencia (me dijo que, cuando se trasladó de ciudad hace diez años, no le entregaron ninguna carta durante 6 meses, a pesar de que le constaba que le escribían) y también las llamadas telefónicas, hasta el punto que un día el director le preguntó que por qué llamaba con tanta frecuencia a un número en donde respondía siempre una mujer. Era su hermana, pero el director llamaba a hurtadillas y, al oir la voz, colgaba, con gran susto por parte de su hermana que pensaba que la estaban persiguiendo.
La situación se hizo insostenible y decidió irse. Se trasladó a la ciudad M., en donde viven sus padres, ya muy mayores, y estuvo con ellos unos días hasta que se trasladó a la ciudad B., en donde trataba de incardinarse para continuar ejerciendo su sacerdocio. Al día siguiente de llegar a M. se presentó en su casa el director de su Centro para pedirle que reconsiderase su decisión. Y, viendo éste que no había modo, entonces le pidió que cambiara la carta al Prelado porque en ella decía cosas que al Prelado no le gustarían: concretamente, Antonio decía que no podía seguir en una institución en la que el Prelado mismo había dicho de él, ante otras personas (y sin haber hablado personalmente con Antonio), que él “era una mala persona”.
