Suicidios en el Opus Dei

Alberto Moncada, sociólogo y ex miembro del Opus Dei, 5 de junio de 2005
Las peculiares circunstancias en las que viven los numerarios del Opus Dei conducen con frecuencia a frustraciones, depresiones y abandonos a lo que hay que añadir el creciente número de suicidios e intentos de suicidio que, aunque ocultados por la dirección, van siendo conocidos.
Según observadores de la situación, explicada en testimonios a la página web opuslibros.org, las depresiones están a la orden del día en las casas de los numerarios y numerarias. Como explica un antiguo numerario: “Las casas donde vive la gente mayor están llenas de personas con problemas, deprimidos, que tienen que tomar pastillas constantemente y algunas casas son destinadas casi exclusivamente a este tipo de personas”. El problema central que tienen esos numerarios es la contradicción biográfica entre lo que les prometieron que sería su vocación, santificar su trabajo en medio del mundo en una profesión civil y la realidad de su situación, parecida a un encierro conventual, en la que sus vidas están minuciosamente reglamentadas. Además, prácticamente la mitad de los numerarios se dedican a labores internas como sacerdotes y funcionarios de la organización y su red educativa. Y más estresante aún es la situación de las mujeres, mayoritariamente ocupadas en funciones auxiliares, aunque tengan titulación universitaria y sometidas al dominio jerárquico de los varones.
La depresión, y su tratamiento en el Opus, puede producir una situación tal de impotencia que…
la tentación de suicidio comience a presentarse. Como explica un corresponsal de la página web: “Crecientemente veía más claro que la única solución era el suicidio, que la vida no tenía valor para mi ni yo tenía fuerzas para salir de la situación”.
“R”, numerario en Brasil durante veintiún años, escribe: “Las autoridades de la organización son muy diligentes en no dejar que se divulguen entre los miembros las noticias negativas o desalentadoras o, en el caso en que eso no sea posible, dan versiones en las que la organización no aparece como culpable. Hay, por ejemplo, el caso de C. P., un numerario mayor que hoy está incapacitado para el trabajo. La versión oficial es que el impacto de la muerte de su padre le ha desencadenado problemas mentales. A.I.C. es un sacerdote mayor, de gran capacidad intelectual. Es visible su fragilidad psicológica y sufre persistentes migrañas. Pocos en la organización saben que ha intentado suicidarse ingiriendo una dosis letal de medicinas. Fue socorrido a tiempo pero, por ironías del destino, un miembro del equipo médico que le atendió en el hospital a donde le llevaron, era un exnumerario que le conocía.
Una madre de familia numerosa, muy ligada a la organización, se tiró por la ventana de la consulta del ginecólogo. Sólo los más allegados sabrán lo que pasó. Hay entre los numerarios de Brasil casos de depresión que exigen cuidados médicos especializados pero son médicos numerarios, sin especial preparación, los que les atienden y medican tanto para aliviar al paciente como para evitar situaciones embarazosas en la casa en que viven. Si no mejoran los cambian de casa para que los que lo vieron con salud no sean testigos de su declive y en la nueva casa sean considerados “enfermos”, desde el primer momento. Así no hay testigos del proceso como un todo y se hace fácil divulgar una interpretación oficial conveniente de los hechos. Cada cierto tiempo, A. un psiquiatra numerario de Uruguay, especialista en electroconvulsoterapia, visita Brasil y la condición de “paciente de A” es ocultada a los demás en la medida de lo posible”.
En “La Cuarta Planta“, (Revista el Siglo, nº 605, 31 mayo 2004), me referí a esa zona de la Clínica Universitaria de la Universidad de Navarra dedicada al tratamiento específico de numerarios y numerarias con enfermedades mentales.
Según algunos de los socios tratados, hoy fuera de la Obra, el trabajo del equipo médico no consiste tanto en ayudar a recuperar la salud, a clarificar la identidad de los pacientes sino, sobre todo, en insistirles a que sigan en el Opus y acepten su enfermedad como prueba divina.
Las informaciones sobre casos de suicidios de miembros del Opus Dei en España crecen a medida que se pregunta a antiguos socios que citan, entre otros, el de una numeraria en Andalucía, JJ.R.R. profesor de Filosofía, que se pegó un tiro en Pamplona. En algunos casos, los directivos del Opus tratan de maquillar las circunstancias. Por ejemplo, el de N. G. directivo del Opus en Córdoba, gran deportista, profesor de Física en un Instituto que se tiró por una ventana de su casa una noche y se dijo que era un caso de sonambulismo. Según parece, está enterrado en el cementerio de Córdoba con una lápida sin nombre.
“B”, otro ex numerario, cuenta casos de Zaragoza: “Un numerario, J.M., de unos veintitantos años, de una familia con muchos miembros en la Obra, tenía problemas escolares, depresiones y estaba en tratamiento psiquiátrico cuando el servicio doméstico, al entrar por la mañana a hacer la limpieza en el club Jumara de Zaragoza, se lo encontró ahorcado con el cinturón del traje de kárate. Otro numerario, M.A.R. se cortó varias veces las venas en Miraflores, la residencia de estudiantes de Zaragoza en los años sesenta. Quisieron endosárselo a su familia pero su padre, un reconocido ginecólogo, les dijo que ellos se lo habían llevado y ellos tenían que cuidarlo. Un supernumerario médico, de casi ochenta años, A.A., amigo de mi padre, se tiró por el balcón de su casa en Zaragoza.”
La cantidad de numerarios y numerarias que abandona el Opus a partir de cumplir la media edad, treinta o cuarenta años, crece en estos momentos en todo el mundo, alentados también por la previsión de que su vejez va a ser aún peor pues no existen en el Opus medidas concretas para la atención de los mayores. Es un caso parecido a la gran desbandada que se produjo en los años sesenta cuando Escrivá se negó a aceptar los postulados del Concilio Vaticano II. Desde entonces se han agravado los perfiles sectarios y fundamentalistas del Opus Dei, que se traducen en una infantilización de la adhesión al grupo, muy propio de las sectas. “El Padre, los directores, tienen siempre razón y en el Opus, una de dos, u obedeces o te marchas”, reza Camino, el libro definitorio del espíritu opusdeista.
El tema del abandono del Opus ha experimentado una evolución que hace aún más desagradable el trance. Al principio, Escrivá presumía de que las puertas estaban abiertas de par en par para el que quisiera irse pero, poco a poco, y también, en consonancia con la progresiva sectarización de la organización, ocurre todo lo contrario. Aparte de la necesidad de solicitar la dispensa, un trámite que los directores gestionan a su arbitrio, a los que quieren abandonar se les acosa de muchas maneras. La más sencilla es pronosticarles desgracias espirituales y materiales, algunas de las cuales son fácilmente administradas también por la organización si el que abandona trabaja en una actividad de Opus. La manera de actuar de los directivos es congruente con su talante.
Los que mandan hoy son nombrados básicamente por su lealtad a la organización y apenas tienen preparación psicológica y, menos, respeto por los derechos humanos. Ellos creen firmemente, en base a su fanatismo, que dejar el Opus es una desgracia personal y un fracaso grupal y tratan de condenar a la muerte civil, de muchas maneras, a los que se van, transformando la salida en un drama. El acoso prosigue incluso después de que la gente se haya ido. Los F. d. A son una familia de dinero de Barcelona, muy exhibida por el Opus, una de cuyas hijas, numeraria, decidió salirse y, tras muchas dificultades, lo consiguió, yéndose a vivir con una prima suya. Pero sus antiguas correligionarias no cesaron de perseguirla, incluso por la calle hasta que la chica se tiró por una ventana. La gente de su ambiente quedó muy impresionada aunque la familia no dejó traslucir la tragedia.
Y la pregunta es: ¿La incidencia de suicidios en el Opus es superior a la media sociológica? Si se añaden a los suicidios consumados los intentados parece que sí, aunque la información al respecto es parcial, voluntarista e imposible de contrastar con las autoridades internas. Para preservar la identidad de los afectados los he citado por sus iniciales, aunque existe información completa facilitada por testimonios cualificados.
Una última circunstancia contribuye a la frustración de los numerarios. Ellos, les dijeron, eran la espina dorsal del Opus Dei, los socios paradigmáticos, los protagonistas del espíritu de la Obra, la santificación en medio del mundo ejerciendo una profesión civil. El sacerdocio dentro de la obra era circunstancial, un servicio a los hermanos que el Padre pedía a algunos como un sacrificio personal. Pues bien, desde la conversión de la Obra en una Prelatura personal, las cosas han cambiado. Como es sabido, Escrivá buscaba la fórmula de evitar el control sobre sus actividades por los obispos territoriales y encontró esa solución, en la maraña de la legislación eclesiástica, a lo que accedió Juan Pablo II. Pero lo que ellos no esperaban, y trataron de amañar sin mucho éxito, es que el modelo de prelatura personal incorporada al nuevo Código canónico no contempla la existencia de pueblo propio, de laicos miembros de ella sino solo como cooperadores mediante contrato “ad hoc”. La prelatura está constituida canónicamente solo por clérigos A esta interpretación apostó el actual papa. De modo que los numerarios, con sus votos, sus promesas, su régimen disciplinario y su encierro domiciliario no pertenecen realmente a la organización salvo que sean ordenados sacerdotes. De hecho, hoy, los miembros directivos del Opus son sacerdotes en su mayoría.
Semejante situación no favorece mucho la perseverancia en un régimen de vida tan duro y puede contribuir al desaliento y la desesperación que tantos sienten. Siempre, claro, que se enteren de ello, pues los directivos de la organización no explican a sus miembros la nueva situación jurídica y sus complicaciones.
Quiero agradecer a Carmen Charo su inestimable ayuda para la redacción de este documento, así a cuantos, a su través, me han enviado informaciones. Si alguien tiene comentarios o nuevos datos, lo agradecería.
Alberto Moncada.
La sola piedad (en el Opus Dei) no basta

Publicado originalmente en Opuslibros.org
“En el Opus sólo hay piedad. ¿Es mala la piedad? No, si sirve y ayuda a la fe. Sí es mal, si se la presenta como solución para todo“. Es una cita textual de Miguel Fisac. La frase es profunda, aunque él la profirió sin darle importancia, o mejor, sin darse importancia. O quizá más que profunda es certera. Da en toda la línea de flotación. Da en la diana. Es un puro constatar lo que está pasando. Lo propio sucede con la doctrina. Ser ortodoxo no basta. Pero lo de la doctrina y la ortodoxia lo dejaré para otro día.
1º. En el Opus Dei las prácticas de piedad -normas y costumbres- ocupan algo más de dos horas al día. Las hay anuales, las hay semanales, las hay diarias, las hay mensuales, y aun de otras periodicidades ¿Es mala esa piedad? Por sí misma, no. Pero la santidad no consiste en ir acumulando prácticas de piedad: tres rosarios mejor que uno; misa diaria, mejor que misa semanal; varias misas diarias, mejor que una sola, etc.
Los primeros cristianos asistían a misa y comulgaban sólo los domingos. ¿Eran por eso peores? Yo diría que no. Parece como si la santidad llegase a la Iglesia cuando llegaron desde el Oriente los monjes con sus rezos y más rezos y sus prácticas ascéticas y de penitencia.
Había en mi pueblo dos beatas que recorrían a diario todas las iglesias en busca de misas, bendiciones, predicaciones, actos litúrgicos de lo más variado, bendiciones con el Santísimo Sacramento, exposición de reliquias, indulgencias y demás golosinas espirituales. Pero un buen día una de ellas, ya mayor, se metió monja de clausura. Y la otra razonaba: ¡lo que se está perdiendo! En ese convento sólo tienen una misa al día y una bendición por semana. Y enumeraba el apretado programa de devociones y juergas místicas que la nueva monja se perdía. Lo de ser misionera en el Congo con sólo una misa al mes la horrorizaba.
Tuve un director, en una casa pequeña, que un concreto jueves nos obligó a asistir a cuatro bendiciones solemnes con el Santísimo Sacramento. Una, por ser jueves, otra por ser uno de esos días previos al Jueves Santo, otra por ser día de retiro y otra por no sé qué. Lleno de celo explicaba: nuestra casa tiene que sobresalir por su amor a la Eucaristía. Indudablemente confundía el amor a la Eucaristía con el número de bendiciones solemnes.
Promover la santidad en medio del mundo y en medio del trabajo ordinario no consiste en promover que todos dediquen dos horas diarias de su tiempo a la práctica de devociones. Se puede ser santo con un mínimo de prácticas piadosas. Y eso es lo propio de la gente que vive en el mundo con su trabajo ordinario. El monacato, las órdenes y congregaciones religiosas y otras formas de vida consagrada dedican mucho de su tiempo a la piedad. Es su dedicación principal. También los canónigos. Se les paga por entonar el oficio divino.
Aprovecho para opinar que el mensaje evangélico, tal como yo lo percibo, no fomenta el número elevado de prácticas de piedad, sino que Jesucristo incluso las critica. Dice lo contrario.
Es una observación muy cruel la de quienes señalan con el dedo a alguien como mala persona: mira a ese notario, mira a ese tendero, misa a esa señora… Y resulta que ese notario, ese tendero o esa señora -nada ejemplares, nada atractivos- son piadosos.
La piedad no es un sucedáneo de la generosidad, de la caridad, de la justicia, ni de ninguna otra virtud cristiana. Dice un viejo refrán: “primero es la obligación y luego la devoción”. En el Opus Dei se invierten a menudo esos dos valores. Y eso pasa también en otras instituciones y personas. Por mucha piedad que incluso sinceramente alguien manifieste no por ello es buena persona. Hay quien desconfía de los católicos piadosos. Les dan mala espina. Generalmente se puede esperar de ellos lo peor.
Recuerdo que en “Camino” se criticaba mucho a los “beatos”. No hay que ser beato. Yo entendía por no ser beato cumplir bien las propias obligaciones de justicia y de caridad y atemperar a ello la piedad. Pero el no ser beato se ha quedado en algo superficial: no adoptar una postura de excesivo recogimiento después de comulgar; ocultar el misal -cuando se usaba- tanto al entrar como al salir de la iglesia, no santiguarse en público, no portar demasiadas medallas, etc. En suma, por no ser beato pasó a entenderse o ya se entendía desde el principio simplemente no hacer alarde de piedad. Quizá fue eso lo que se limitó a decir el autor de “Camino”.
Dentro de Casa sí se hace alarde de piedad, porque eso se toma, al parecer, por sentido sobrenatural. Queda muy bien decir en una tertulia. Este mes de mayo tengo que hacer dos viajes: uno a Barcelona y otro a Polonia. Lo que a uno le lleva a Polonia y a Cataluña es lo de menos. Lo importante es que uno decide hacer una romería a la Virgen de Monserrat en Cataluña y otra a la de Chestokowa, en Polonia, para encomendar las intenciones del Padre. Eso queda muy bien. Uno va a un congreso y lo de menos es el congreso mismo.
Para un apóstol moderno una hora de estudio es una hora de oración, creo recordar haber leído en un punto de Camino. ¿Qué será eso?
La santidad en medio del mundo no consiste en cumplir las obligaciones propias de un monje y además realizar un trabajo secular. La impresión que yo tengo es que a los superiores del Opus Dei lo que les preocupa y controlan es la piedad de aquellos a quienes tienen confiados. El recto cumplimiento de su trabajo no les preocupa. Es más, animan a que padezca el recto cumplimiento de ese trabajo, si con ello se dedica más tiempo al Opus Dei. Y el Opus Dei ¿no era trabajo de Dios?
2º. Una persona que prohíbe ser donante de sangre y de órganos puede ser piadosa. Una persona que calumnia, que secuestra, que difama ¿puede ser piadosa? La maldad y la piedad son compatibles con la piedad. Es más, la piedad sirve para ocultarla.
¿Es que las prácticas paidófilas de un canónigo son menos reprobables porque cante el oficio divino todas las mañanas o porque enseñe a los niños el catecismo? No. Recuerdo a un concreto canónigo que, mientras tomaba la lección a los niños sobre el catecismo del padre Astete, les metía mano. Pero la verdad es que entre toqueteo y toqueteo aprendíamos catecismo. En eso era exigente. Y encima predicaba bien. Mi madre decía que era un gran predicador.
Una persona piadosa, llena de visiones, locuciones interiores y misticismos o que enseña el catecismo del padre Astete puede ser buena, mala o regular. La teología ascética y mística tradicional así lo afirma.
3º. ¿Qué le pasa: que hace poco proselitismo? Que sea más piadoso, que rece más, que se mortifique más. ¿Qué le pasa: que tiene espíritu crítico? Idem del lienzo. ¿Qué le pasa: que tiene problemas de vocación, de pureza, de lo que sea ¿Ídem del lienzo.
Hay que buscar las causas de los problemas y dar la solución adecuada. La piedad no es el bálsamo de Fierabrás, o la penicilina, que supuestamente valen para todo.
4º. No hay que confundir la visión sobrenatural con la piedad.
- Esa mañana, durante la acción de gracias después de la comunión le pedí a Dios Nuestro Señor… Y le decía… ¡Señor, no es para mí, es para ti para quien quiero ese dinero!
¡Qué finura de sentimientos!
5º. Normas y costumbres del Opus Dei como modalidades de piedad. Son muy tradicionales y probadas. No obstante, alguna puede por sí misma ser criticada o rechazada por una concreta persona sin que ello represente falta de vida interior o identificación con el espíritu del Opus Dei o con el fundador. Personalmente me desagrada lo del escapulario del Carmen. ¿Por qué ese trapito poco higiénico con ciertas pretensiones de amuleto? En la educación católica que recibí se aseguraba que el que moría con eso puesto iba al cielo, porque no era posible morir con eso puesto e ir al infierno. ¿Qué fundamente serio tiene tal criterio? Pues a llevarlo siempre.
Decía el fundador que en el Opus Dei se podían tener devociones particulares distintas de las normas de piedad obligatorias con tal de que fuese pocas, constantes y no entorpeciesen las tareas de apostolado. Pero, a quién le queda resuello para meter, después de todo lo que hay, un salmo 3 los miércoles o algún otro extra de piedad verdaderamente personal.
En general queda poco espacio para una piedad verdaderamente personal. Quizá se desconfía de ella. Se entiende por oración el escuchar a un predicador o la lectura de un libro de meditaciones.
Al poner las casas de la Obra, me parece que está previsto que un pequeño tanto por ciento -algo así como el 20- corra a cargo de los moradores o habitantes de la casa y no de nuestras hermanas que decoran tan acertadamente nuestras casas. La razón es que los moradores o habitantes o hermanos que hayan de vivir allí puedan sentirse algo identificados con “su casa”. ¿No podría pasar algo parecido con las normas y costumbres de piedad? Si no, al final se acaba en eso que el fundador quería evitar: la observancia.
Queda poco espacio no sólo para la piedad personal, sino incluso para cualquier aportación personal respecto a una indicación recibida. Apenas da tiempo a reflexionar, porque a una indicación sigue otra. Y al final esas indicaciones cambian o se repiten tanto que lo mejor acaba resultando ser un poco autómata.
6º. La imitación de Escrivá como conducto reglamentario de la imitación de Cristo. Es una aberración tanto desde el punto de vista teológico, que ya se ha puesto relieve es la páginas de Opuslibros, como práctico. La cosa todavía resulta más clamorosa a raíz de su canonización. Santa Juana de Arco oía voces de santos, especialmente de Santa Catalina, que le pedían o exigían o animaban a expulsar de Francia a los ingleses. No le veo mayores méritos a la Santa, si es que se puede considerar esa actividad de expulsar a los ingleses de Francia un mérito.
El 2 de octubre de 1928, festividad de los Ángeles Custodios, hubo algo parecido. Se sabe poco. Yo oí al fundador, dos veces al menos, y siempre las dos veces igual, que las principales gracias que él había recibido habían tenido lugar intra missam. De ahí deducíamos que lo del 2 de octubre había tenido lugar en un momento de la misa. A partir de sus afirmaciones se redactaron las dos primeras biografías -una por cada sección- posteriores a su muerte. Pero don Álvaro corrigió esas biografías. Él, buen conocedor de la vida del Padre, afirmó que lo del dos de octubre había tenido lugar después de la misa. Creo entender que mientras ordenaba unas fichas.
Traigo esto a colación, para resaltar lo poco que se conoce de ese dos de octubre. Realmente no se sabe si oyó a Santa Catalina o como diría el irreverente Satur se le apareció Tía Carmen vestida de Popeye, reprochándole:
-Me has obligado a vender para lo tuyo un terreno.
Lo otro que le oí decir, también varias veces, era:
- ¡Como sonaban las campanas ese dos de octubre!
También sobre esto parece haber testimonios no concordes en torno a si sonaron campanas reales el dos de octubre u oyó campanas pero no se sabe dónde o en torno a la distancia entre el lugar de suceso y la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, que al parecer toca sus campanas otro día.
Yo, cuando se inició a su muerte el proceso de canonización, me llevé una gran desilusión. El fundador iba a estar a la altura de Santa Juana de Arco, Santa María Egipcíaca y San Pedro Mártir. Lo tenía por algo más. Como ya dije, Florentino Pérez Embid hablaba de él como un personaje de la importancia en la Historia de la Iglesia cual pudiera ser la de Moisés o de San Pablo. Ahora resulta que sólo es un santo más.
Hace poco recibí en mi casa a dos mormones -también llamados adventistas del séptimo día-, es decir dos de esos muchachitos, rubios generalmente, procedentes de Utah, que dedican dos años de su vida a la actividad misional. Me entregaron el libro de Mormón. Así como para los católicos hay el Antiguo y el Nuevo Testamento, para ellos existe además el libro de Mormón, que es otro Testamento de Jesucristo.
Respecto a su fundador -Smith- me dijeron exactamente lo mismo que Florentino Pérez Embid, a saber, que era un personaje comparable a Moisés y San Pablo. Y yo pensé ¡Tate! De este palico tengo yo una gaita.
Y yo me dije. Pues, puestos a confiar en personajes equiparables a Moisés y a Pablo de Tarso, casi prefiero quedarme con un Monseñor que se llamaba José María Escrivá de Balaguer y Albás y era marqués de Peralta que a un señor americano que se llamaba Smith, por mucho que se le halla aparecido el ángel Moroni. Además se le apareció en una tienda de abarrotes. ¿Cabe mayor vulgaridad?
En fin, que hay que optar por fundar una nueva Iglesia o quedarse en un modesto puesto en el santoral. Ni como marqués ni como santo brilla demasiado, pues en ambos casos se hicieron trampillas.
Pero a lo que voy, que como diría Santa Teresa me estoy divirtiendo mucho. También hay dificultades prácticas además de las teológicas mencionadas.
Durante mi servicio militar en la IPS-hace tanto tiempo-, en las tiendas de campaña de doce o trece personas donde habitábamos, aunque no en todas pero sí en algunas, se rezaba el rosario. En mi tienda no se hacía, pero recuerdo que varios, aunque eran un poco golfos, el día de su cumpleaños, sin nadie que les instase a ello, se confesaban y comulgaban. Si a uno de esos le dabas caña hablándole de santidad en medio del mundo acababa pitando. Es verdad que en la España de hoy los jóvenes no son tan piadosos. La falta de vocaciones es general. Pero tampoco faltan posibles fichajes. No faltan jóvenes que creen en Dios y van a misa los domingos. El problema consiste en que el posible fichaje pregunta:
- Y ¿en qué consiste eso de ser santo?
- Los santos se dividen en dos categorías: santos de imitar y santos de no imitar, sino de buscar sólo su intercesión. Santos de esos de imitar sólo está nuestro fundador.
- O sea, que yo tengo que imitar al fundador, a Sanjosemaría, me parece que dijiste que se llamaba.
- ¡Exacto!, dice el proselitista aliviado.
- ¿Y qué hacía Sanjosemaría?
Y uno percibe que el señuelo falla. Sustituir “La imitación de Cristo”, sobre la que escribió Kempis por “La imitación de Sanjosemaría” como camino reglamentario para imitar a Cristo carece de atractivo. No cuela. Vamos, que los católicos de hoy no están por la labor de imitar a Sanjosemaría y están en su perfecto derecho. Que no, Escrivá, que no hay quien te trague, ni con aureola a la que sin duda tienes derecho como consecuencia de estar canonizado.
Eso les pasa incluso a personas con muchos años en la Obra. Tienen el síndrome de lo que podríamos llamar empacho de nuestro santo fundador.
La dificultad que veo en presentar a Sanjosemaría como modelo a imitar, incluso para el que lo ve con benevolencia, reside en la posición que ocupó dentro de la Obra. Fue el presidente general del Opus Dei, además de su fundador. Y esto le llevaba lógicamente a mandar desde una situación única e irrepetible. Es como proponer a un soldado raso como modelo a imitar la condición de general. ¡Qué más quisiera él que ser general!
-No entiendes nada, recluta. Imitar al general consiste no en mandar como el general, sino obedecer a lo que el general dice.
En suma, que imitar al fundador consiste en cumplir fielmente todos sus criterios.
-O sea, que yo tengo que hacer méritos para ser director, o al menos subdirector. Mejor todavía si soy director de la delegación y así sucesivamente.
De ello resulta deformante, a mi modo de ver, el que tiende adaptarse el Evangelio al Opus Dei en vez de lo contrario. El fundador al leer el Evangelio había descubierto que Lázaro hacía la confidencia con Jesucristo. ¿Será verdad? ¿Será posible? No lo veo nada claro. Me recuerda a otra interpretación del Evangelio, que en ocasiones les gusta mucho a las monjas, según la cual la Virgen habría hecho voto de castidad. ¿De dónde lo sacan? Pues no hay nada que se preste a esa interpretación a mi entender. El resultado es que al final es la Virgen la que imita a las monjas y no las monjas a la Virgen.
Los crespillos. Cosa más encantadora. Los hacía la Abuela el Viernes de Dolores. No se conservaba en mi familia de sangre el recuerdo de lo que ponía mi abuela materna, también llamada Dolores el día de su santo. Y puestos a pensar tampoco se conserva lo que hacía Santa Ana. ¡Estos evangelistas….! No tenían el espíritu del Opus Dei.
En Opuslibros se denunció ya cómo hay textos del Evangelio manipulados, de manera que se les hace decir lo que no dicen. Lo importante es utilizar esos textos para apoyar lo que el fundador haya dicho. También se denunció en Opuslibros esa carta, me parece que de don Álvaro, en que habla no recuerdo bien si de que el Espíritu Santo movía nuestras almas través del fundador o era más bien el fundador el que movía al Espíritu Santo en nuestras almas. Algo así. Desde luego, tóxico.
Gervasio
La sola doctrina en el Opus Dei

Publicado originalmente en Opuslibros.org
1. Conocí a la superiora de una institución religiosa. Vivían ad instar religiosorum, es decir imitando el modo de vida de los religiosos con alguna aprobación menor de sus constituciones. Y se preciaban de tener muy segura doctrina, ser estrictas en las exigencias de la vida religiosa y poco relajadas.
-Otras hacen esto, lo otro y lo de más allá. Nosotras, no.
Se comparaban con otras religiosas y siempre salían favorecidas.
Esa actitud facilitaba en gran medida que fuesen en gran medida por libre, haciendo lo que les daba la gana y rehuyendo la autoridad de los obispos y otros eclesiásticos constituidos en autoridad. En definitiva, la exageración en el cumplimiento de ciertas exigencias propias de la vida religiosa, la fidelidad doctrinal y otras modalidades de observancia eran tapadera de de su actitud de fondo poco sumisa. Pero como eran tan piadosas y tan partidarias de que las mujeres fuesen a misa con mantilla y de rezar los quince misterios del rosario, se consideraban dispensadas de obedecer a la legítima autoridad. Sólo si esa autoridad tuviese la firmeza y solidez de ellas sería digna de mayor docilidad.
Alguna vez me he preguntado si en el Opus Dei no sucede algo parecido. Mucho blasonar de doctrina tradicional, de tomismo, de exaltación del papado, y de reverencia hacia los ordinarios del lugar, pero al final lo que el Opus Dei parece pretender es dar pocas explicaciones sobre sus actividades, disfrutar del menor control posible por parte de esas autoridades civiles y religiosas y salirse con la suya. Pobres obispos y pobres papas, comparados con nosotros.
Recuerdo una ocasión en que alguien le contó al fundador que un determinado obispo -el obispo de X., una diócesis española- estaba muy contento con el Opus Dei. El fundador le contestó:
– Eso no tiene importancia. Lo importante es que nosotros estemos contentos con el obispo.
Lo propia cabría referir al Papa. Lo importante no es que el Papa esté contento con el Opus Dei, sino que tengamos un Papa que nos agrade.
2. El concilio Vaticano II cogió al fundador con el pie cambiado. Se hallaba ya solidamente instalado en Roma. Habían finalizado las obras de la casa central. Y estaba preparado para llevar a cabo algo que había madurado durante mucho tiempo. Por decirlo de una manera suave estaba preparado para iniciar una ¿reforma? -no exactamente- un cambio para mejor dentro de la vida y organización de la Iglesia.
El fundador comparaba esa tarea a la de un relojero que tiene por delante el reto de poner a punto el mecanismo de un viejo reloj, de modo que marque la hora, suene cuando tiene que sonar, no atrase, ni adelante, etc. Y por supuesto se veía a él mismo como llamado a liderar esa tarea. La idea de los sacerdotes agregados y supernumerarios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz responde a ese propósito. Es algo que se les solía decir a los sacerdotes diocesanos, para que fuesen conscientes de la importancia que el Padre daba al clero diocesano y a las diócesis. Por ellos estuvo incluso a punto de abandonar al Opus Dei. Sus hijos ya eran mayores y podrían continuar el OD. El se dedicaría en plenitud al clero diocesano. Como conocemos, esa idea no llegó a cuajar, pues se dio cuenta de que ese clero diocesano cabía en el OD. La sociedad sacerdotal de la Santa Cruz se extendió también al clero de los ordinarios locales. La decisión de incluirlos en la Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz nunca lo consideró un acto fundacional, sino una medida práctica.
La iniciativa de Juan XXIII de convocar un concilio ecuménico, para un aggiornamento, una puesta al día de los asuntos de la Iglesia dio al traste con esa idea. En Roma se celebraron las sesiones del concilio ecuménico. Y los miles de obispos convocados al concilio tomaron las decisiones oportunas. ¿Qué papel correspondió al fundador de la Saciedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei en ese proceso? Ninguno. Quedó absolutamente marginado. Compuesta y sin novio. Sólo había, a lo que creo recordar, dos obispos de la Obra -don Lucho y don Ignacio Orbegozo-, ambos en el Perú, otro portugués, agregado, y un don Álvaro que logró colocarse de perito en alguna comisión.
Tuvo que se muy duro para una persona con las ínfulas eclesiales de Escrivá, ya instalado en Roma, al efecto, encontrarse con que en Roma no contaban para nada con él. Y el responsable de su marginación no era una persona concreta, sino la propia estructura de lo que es un concilio ecuménico. Un concilio no se presta a ser arrastrado por un líder carismático.
La reacción de Escrivá, como es conocido, fue muy negativa en relación con el concilio. ¿Qué le reprochaba? A mi parecer, la cuestión, de fondo es la señalada. Pero lo que le reprochó fue el haber removido una charca en la que empezaron a aparecer opiniones, iniciativas y voces que él consideraba que nunca debieran haber hablado o aparecer en la superficie. Inicialmente su mayor preocupación fue el tema de la doctrina, de los errores doctrinales.
Cuando entre Pablo VI y el Concilio arrumbaron el índice de libros prohibidos, el fundador alzó su dedo índice de la mano derecha -así lo hacía para remarcar su gesto- y señalaba:
– Yo pongo mi propio índice.
Y así lo hizo.
Además decidió que aprendiésemos de memoria el Catecismo de San Pío V. La actitud no puede ser más genial. ¿Ha hablado el concilio? Pues vosotros a aprender el catecismo de San Pío V. ¡Qué respeto al magisterio conciliar!
Oí decir al fundador, al inicio de los años sesenta, que los seminarios tridentinos habían sido un error. Se refería a eso de los internados para seminaristas y a aislar a los candidatos al sacerdocio. Él, con razón, estaba orgulloso de escoger sus sacerdotes entre los universitarios. Esos universitarios hacían el servicio militar. Y el fundador no consideraba eso un inconveniente. Muy poco tiempo después pasó a ser muy partidario de los seminarios tridentinos, a la antigua, porque daban más vocaciones, y a oponerse a innovaciones en este campo.
Por los años cincuenta recuerdo que el sacerdote de la casa ridiculizaba la praxis vivida en un seminario en la que controlaban a los seminaristas el acceso a la televisión. Luego en el Opus Dei se ha caído en lo mismo. También a raíz del concilio.
¿Qué hacía el Padre? Sufrir, sufrir y sufrir, regodeándose un poquitín en su sufrimiento. Llegó un momento en que decidió sufrir por las almas en vez de sufrir por la falta de doctrina. Sufría porque, al parecer, con todo ello las almas se condenaban más que antes. Me recuerda un poco a Arias Salgado. Arias Salgado fue ministro de información en la época más cerril de Franco. Limitó la libertad de expresión y la pornografía.
-Así, irán menos almas al infierno, se justificaba.
El Opus Dei se convirtió en una institución muy conservadora dentro de la vida eclesial y eclesiástica.
Esos mismos años sesenta coinciden con el auge de ministros y otros cargos públicos del Opus Dei en el régimen de Franco. En el caso de Italia el fundador rechazaba abiertamente la llamada apertura a sinistra. Todo ello favorecía también una imagen conservadora de la institución en materia política. Por esa década en el terreno académico eran frecuentes los desórdenes estudiantiles tanto en España, como en Estados Unidos, Francia, Italia y otros países. ¿Qué hacer? En España estaba la Universidad de Navarra fundada y regentada oficialmente por el OD. El fundador no quería desórdenes allí. Otro elemento más de conservadurismo: rechazar el contestatarismo estudiantil. Por aquella época circulaba una llamada “Gaceta Universitaria” promovida por gentes del OD y en manos de estudiantes. Se acabó suprimiendo.
Yo no sé si Francia estaba muy descristianizada o poco. Pero los que allí pitaron parece que lo hacían al grito de ¡Carcas de Francia, uníos! Lo primero que compraron fue un château. ¡Que el ángel guardián del château les asista y vele por su pelouse!
En suma, que el Opus Dei se convirtió en una institución conservadora tanto eclesial como extra-eclesialmente. Ello resultaba de muy poco atractivo como mensaje renovador y de futuro, que era lo que sus seguidores esperábamos. Tantas intervenciones providenciales, tantas promesas de un futuro prometedor, tantas locuciones interiores, tantas iluminaciones extraordinarias para acabar en un ¡aquí no se mueve nada!
3. El Concilio Vaticano II es un concilio que, a diferencia del Vaticano I y otros anteriores, no se dedicó a anatematizar a herejes ni a denunciar errores. Es más, en la Declaración Dignitatis humanae proclama el derecho a la libertad religiosa como un derecho innato de la persona humana. No es un concilio preocupado por la herejía, antes al contrario proclama el derecho que los herejes tienen a no ser perseguidos. Eso fue una declaración verdaderamente novedosa. Un vuelco de 180 grados en relación con las posiciones doctrinales precedentes.
¿Entendió esto Escrivá? Yo diría que no. La cuestión bascula en torno a dar prioridad a lo que es objetivamente verdadero y bueno o a lo que sin ser verdadero o bueno, sin embargo, debe ser respetado, porque es a la persona individual a la que corresponde tomar decisiones en ese campo.
Decía don Álvaro del fundador que tenía una fe recia, gigantesca, tan espesa que se podía cortar. Ahora bien, esa fe y la seguridad en la fe no dan derecho a imponerla a los demás, ni da derecho a recurrir a la calumnia o al engaño para defenderla. Algo similar le pasaba con la Obra. Su seguridad en la Obra no le da derecho a usar métodos inquisitoriales y degradantes, como los dados a conocer por Carmen Tapia o María Angustias Moreno o con motivo del fallecimiento de Antonio Petit.
No le habrían ido mal al fundador unos cursillos para asimilar un poco de la doctrina conciliar, en vez de sufrir tanto. Realmente le faltó humildad para aprender del magisterio eclesiástico y para no ser él el protagonista de los cambios en la Iglesia. Durante el concilio Vaticano II estaba muy preocupado no fuese a suceder que el concilio metiese la pata. La misma prevención tenía respecto a Paulo VI. Velaba él por la doctrina más que todos los papas y concilios juntos, sin darse cuenta de que era a él a quien correspondía aprender lo decidido por el concilio. Le pasó lo mismo con el Papa actual, al que metió en su particular índice de libros prohibidos. Luego procuró compensarlo con un doctorado honoris causa.
4. Dar doctrina. El fundador se refirió a la Obra varias veces caracterizándola como una gran catequesis. También señalaba que el fin de la Obra -difundir la santidad en medio del mundo- se lograba dando doctrina.
Sin duda es un acierto -lo llamaba la batalla doctrinal o de la formación- lograr que los numerarios cursasen estudios eclesiásticos -un bienio filosófico y un cuatrienio teológico-, además de alcanzar un doctorado eclesiástico.
Pero, al dar doctrina con el catecismo de San Pío V y desoyendo el concilio, la tal doctrina resulta renqueante en muchos aspectos. Por ejemplo, en tema de ecumenismo y algunos otros.
5. Por lo demás en el Opus Dei número de charlas, predicaciones y medios de formación doctrinal es quizá excesivo.
Tengo un amigo que asegura tener tan mal oído y dotes para la música que sólo es capaz de distinguir el flamenco de un Tantum ergo, por el ambiente, que es distinto. En tema de formación doctrinal yo distinguiría cuatro clases de géneros doctrinales: a) Circulo Breve: los asistentes se encuentran en una sala de estar, nunca en el oratorio, y no cruzan las piernas. b) Charla: los asistentes se encuentran en una sala de estar, nunca en el oratorio, y cruzan las piernas. c) Meditación: los asistentes se encuentran no en una sala de estar, sino en el oratorio, y no cruzan las piernas. La luz es muy tenue. d) Tertulia: los asistentes se encuentran en una sala de estar, nunca en el oratorio, cruzan las piernas e incluso fuman. Ahora bien, todos tienen un contenido muy parecido y un ponente. Es la superioridad la que contrata al ponente para dar el círculo breve, la charla, la meditación o la tertulia. Eso de la tertulia se acabó convirtiendo en una charla más, especialmente en los cursos anuales.
Durante mi época de centro de estudios comenzaba el día con media hora de oración, por lo que se entendía un señor sacerdote predicando en el oratorio. Durante la mañana había que escuchar las clases en la Facultad. Tampoco me interesaban; pero no me permitían dejar de asistir a ellas. Luego llegaba la tertulia, que también consistía en que un señor tomaba la palabra sobre un tema y hablaba él solo. Por la tarde eran las clases de filosofía propias del centro de estudios: lógica formal, lógica material, crítica, metafísica, etc. Y al atardecer aparecían los eventos culturales, que consistían en conferencias de un ilustre conferenciante que hablaba de cosas así como, “España hoy”, “De la entelequia al ostracismo”, “La ruta de los maquiavélicos”, “La geografía del mañana”, etc. Al cabo del día había sumado 12 horas de escuchar. Tengo que agradecer a esa formación que me dio el Opus Dei mi capacidad de abstracción. Actualmente soy capaz de asistir a una conferencia, a una obra de teatro, a un meeting político a un sermón dominical sin enterarme de nada de lo que se ha dicho.
6. Escuchar una charla, como ya dije, puede ser evitado, haciendo oídos sordos, especialmente cuando se va en ese día por la charla número diez o doce. Pero es muy difícil evitarla cuando es uno mismo quien tiene que darla. En el Opus Dei nos pasábamos la vida dándonos charlas unos a otros. Quizá nadie las escucha, pero el que la da no tiene más remedio que enterarse de ella. Tengo para mí que tanta charla -se puede cruzar la pierna, pero no fumar; no se puede cruzar la pierna; se puede cruzar la pierna y fumar; no se puede cruzar la pierna, ni fumar-, se debe más que a la necesidad de formar a lo oyentes es el de formar a los bustos parlantes. Se supone que un busto parlante tiene que creer en lo que dice. Y, aunque los demás no lo escuchen, por lo menos se ha formado él. Como consecuencia los miembros del Opus Dei tenemos que estar dándonos charlas -tertulias, círculos breves, círculos de estudios, retiros, charlas, conferencias, sermones, pláticas, etc.- unos a otros continuamente. El caso más extremo de esa política lo encontré en un sacerdote que no es que durmiese a la audiencia, sino que se durmió él mismo mientras predicaba. Con aquella penumbra. Con aquella mesita donde uno podía apoyar los codos. Pues, claro.
-No nos aburrimos nunca, decía el fundador.
Eso sería él, porque los demás hemos aguantada mucho rollo patatero. Y venga doctrina y venga doctrina, que nuestra formación no termina nunca.
¿Es el Opus Dei un fraude total?

Publicado originalmente en Opuslibros.org
Al estudiar el fenómeno Opus Dei con un poco de serenidad, nos encontramos enseguida con situaciones incoherentes, hasta el punto de que, cuando el fundador y la doctrina oficial insisten mucho en un aspecto, es porque la realidad diaria consiste en lo contrario de lo que se afirma. Si dicen que el Opus Dei es un fenómeno laical, es porque canónicamente se trata de una estructura clerical: sociedad clerical primero, Instituto Secular después, en el marco del status perfectionis, y al final una prelatura personal que consta de prelado y sacerdotes del clero secular sin pueblo propio, a cuya actividad se asocian laicos mediante acuerdos. Si afirman que el “espíritu” es secular y que uno se asocia con la expresa condición de no ser “religioso”, es porque el régimen de vida (sobre todo de los célibes) está calcado de la vida religiosa, y además monástica. Y así con casi todo. Empleen esta técnica de lo opuesto y hallarán la verdad histórica.
¿Por qué se abandonó tan pronto la cacareada solución jurídica definitiva de Instituto Secular? ¿A causa de la desviación de esa figura, por otros, hacia formas religiosas, como dijo el fundador? ¡Pero si en sus “formas piadosas” el “espíritu” del Opus Dei estaba calcado de los religiosos! A mi entender, la razón está en que la teología centroeuropea de los años cincuenta (por ejemplo, Przywara, Rahner, von Balthasar, y aun Congar) demostró la no-secularidad de toda la espiritualidad del status perfectionis, en la que se movía el Opus Dei en ese momento. Además, algunos institutos seculares comenzaron a adoptar formas de vida realmente seculares que pondrían en evidencia la menor secularidad de los modos propios de la Obra. Interesaba, por tanto, dejar ese estatuto jurídico para conseguir una imagen de secularidad total, aunque conservando las ventajas de estar organizados como los religiosos, para controlar a los miembros. La “independencia” respecto de la jerarquía ordinaria en el gobierno de los miembros aparece así como una de las razones más determinantes, por encima de cualquier otra motivación teológica. O sea, exactamente lo contrario de lo aducido.
Pensemos ahora en la libertad, característica fundamental del espíritu del Opus Dei, de la que el fundador -según él decía- era tan amigo, porque siempre la tenía en sus labios y estaba dispuesto a defenderla (me imagino que pensaría en la propia) aun a costa de su vida. En una tertulia del Colegio Romano, allá por los años cincuenta, uno de los presentes le comentó que pensaba hacer su tesis doctoral sobre los derechos de los fieles en la Iglesia. Inmediatamente, dando un grito estentóreo, muy a su estilo, respondió: “¡¡Ni uno!!”. Éste era su talante a la hora de respetar los derechos y libertades de cuantos se encontraban bajo su bota… Y quien no estuviera de acuerdo, que se fuera. Cuenta Carmen Tapia que la numeraria que atendía la centralita de la sede central debía pasar la lista de todos los números de teléfono a los que se llamaba, con objeto de controlar con quién se hablaba. Tal vez sea por eso de confiar más en un hijo suyo que en el testimonio unánime de cien notarios.
Sobre el “amor a la libertad” en el Opus Dei no tenemos más que mirar el infinito número de deberes de “petición de permiso” que se requieren habitualmente para las cosas más ordinarias: que si los gastos, las salidas de casa, los viajes, los cambios de horario, las llamadas telefónicas, lecturas, publicaciones, y un larguísimo etcétera que, bajo excusa de la entrega, no deja autonomía para nada. ¿Qué libertad es compatible con el axioma de que hay que obedecer en todo? Lean ustedes los libros de Meditaciones y encontrarán enjundiosas exégesis en las que se estimula a ser -respecto de los directores- como barro en manos del alfarero y el pincel en manos del artista: objetos inertes, sin criterio propio. Y, sin embargo, el fundador hacía lo que le venía en gana sin verse sometido a ningún deber de obediencia ni de transparencia con nadie, ni siquiera ante la autoridad de la Iglesia: él tenía un “espíritu” del que sólo él entendía y no rendía cuentas más que ante el mismísimo Dios, y curiosamente ese “espíritu” era tan variable y adaptable que fue mutando según los prontos de su capricho.
Me sorprende que una institución que presume de un marcado carácter sobrenatural -se dan en ella todas las condiciones para que se la pueda llamar sin jactancia la Obra de Dios, decía el fundador-, haya fundado su obrar práctico en el engaño sistemático, la falta de transparencia y, si es preciso, también en la calumnia. El Opus Dei engaña a sus miembros porque les plantea un “espíritu secular” que luego responde realmente a la tipología de los religiosos; engaña a la Sede Apostólica, porque se presentan unos Estatutos y luego se viven otras “costumbres” o criterios secretos que en buena parte los vacían de contenido; engaña a todo el mundo, porque se falsea y sin pudor se crea la “verdad histórica”, tanto del fundador como de la institución: o sea, se inventan “historias” como si fueran reales y, si vienen desmentidas por las fuentes, se modifican las fuentes. Ya existen suficientes pruebas de todo esto en esta web. El engaño es deliberadamente buscado y, además, sistemático.
Podría pensarse que el origen del Opus Dei es sobrenatural, pero que esa semilla cayó en una persona con evidentes limitaciones de formación y de carácter, lo que viene a ser causa de las tremendas incongruencias de su concreción institucional. Es posible que Dios haya empleado medios poco aptos, con escasas condiciones humanas, para que se note más su mano. Sin embargo, no me parece lógico del obrar providencial que, cuando Dios elige el testigo de una “revelación sobrenatural” carismática (que es como a sí mismo se presenta el Opus Dei), Él haya escogido a una persona sin las cualidades mínimas que asegurasen la transmisión auténtica de ese carisma. O dicho de otro modo: si la índole del carisma es completamente secular, ¿por qué permite luego que “el elegido” lo plasme al modo de los religiosos? Ya sólo esto justifica dudar de la autenticidad de la inspiración e intervención divina en esa fundación y, si no mediatamente, sí en lo inmediato. De hecho, los contenidos del carisma han ido cambiando a lo largo de los años, según las conveniencias del momento, sin que pueda aislarse una línea de fidelidad unívoca a una inspiración concreta y delimitada. No parece, por tanto, que el fundador tuviese la clara y nítida percepción de un carisma que debiera custodiar y mantener incólume a lo largo del tiempo. Lo único que ha permanecido invariable es la organización y el control interno de los miembros, una organización cristiana de poder.
Pensemos ahora en la espiritualidad. Aquí enseguida se pone de manifiesto la superficialidad de muchos aspectos y sus errores. La pastoral real de la Obra resulta voluntarista y pelagiana. Según dice el fundador, se santifica, el que cumple exactamente una serie agobiante de normas y de costumbres establecidas, y después -ha añadido Álvaro del Portillo- el que imita al fundador hasta en lo más pequeño. Nada de esto favorece una madura vida de oración personal, con iniciativa, dando contenido a una relación viva con el Dios vivo y verdadero. El problema de la espiritualidad del Opus Dei es que todo acaba reducido a un hacer humano -a una autosantificación, opus humanum-, y bien dirigido desde arriba, donde no se deja resquicio alguno a la libre actuación del Espíritu Santo en cada alma, como auténtico Santificador. Parece como si los directores tuviesen a Dios en propiedad y luego lo fuesen repartiendo o compartiendo, con sus sabios “consejos” e indicaciones, pero quedándose ellos la mayor parte (cantidad) de santidad. Desde luego, estos enfoques no parecen muy adecuados para la renovación de la Iglesia incoada por el Espíritu de Dios en estos últimos tiempos: unos planteamientos de la espiritualidad tan rancios y errados difícilmente pueden conectarse con iniciativas de lo Alto.
Pero no queda ahí la cosa. Considero poco compatible con un quehacer inspirado por Dios que, ya desde sus tempranos comienzos, la incipiente institución actúe con escasa rectitud y nula transparencia, aparte de obrar con una fuerte dosis de engaño. Hay algo que huele mal en todo esto. No vemos una institución diáfana, luminosa, cargada de un verdadero empeño de servicio a las personas. Al contrario, “con ella llegó el escándalo” porque pronto se vio que su organización -plagada de claves, de ambigüedades, de mentiras y secretos- no parecía buscar primariamente el interés por las personas, aun teniendo a Dios de continuo en la boca, sino un fin “superior” propio. Y así el crecimiento numérico (proselitismo) y del poder intramundano (influencia en el mundo) resultó ser su primer objetivo. Luego se ha comprobado que la institución no sirve a la verdad, sino que la inventa, la crea, la adapta, pues sabe retorcer los hechos según convenga al discurso de cada momento.
De este modo es como ha ocultado a los suyos importantes hitos de su propia historia institucional o de la evolución y determinación de su espíritu, porque las primeras ideas acabaron siendo incompatibles con las posteriores. Esto ha sucedido con las cartas fundacionales, con las instrucciones, con la biografía del fundador, con los eventos jurídicos, con las deserciones y abandonos de tantos y tantos miembros, con las estadísticas, con casi todo. La manipulación y contaminación de la historia de esta institución no tiene parangón con ninguna otra. Como en los regímenes más totalitarios, se han cerrado las bocas particulares que contrariaban la verdad oficial, se ha vigilado, perseguido y anulado a todos aquellos que sólo sometían su conciencia a la verdad, y no a los intereses espurios.
Se han quitado de las páginas de las publicaciones internas las fotos de cuantos se fueron, recreando la historia desde atrás, sin hablar para nada de los primeros que hicieron las labores apostólicas si luego no continuaron. Se cuenta la historia como si estas personas nunca hubieran existido: “no perseveraron, luego nunca fueron de la Obra”. Y, sin embargo, éstos cuentan como números para decir que son más de 80.000 miembros, teniendo su respectivo guarismo en la burocracia interna. Es como si de continuo se alternara un juicio escatológico, que sería lo permanente, y otro histórico que usa o manipula personas o números a conveniencia.
Pero la ausencia de un espíritu estrictamente sobrenatural se muestra sobre todo en un hecho, muy significativo porque ayuda al discernimiento: la pertinacia en el error de no rectificar lo que está mal y se sabe, en las conductas que contrarían la ley canónica, y en tantos otros asuntos ampliamente denunciados en esta web, que en su día también fueron comunicados a las autoridades de la Prelatura. ¿Por qué no se rectifica? Porque no interesa: puede “interesar” a Dios, pero a ellos no les interesa. No les interesa perder el dominio completo sobre las conciencias de las personas y, desde luego, no están dispuestos a poner a la jerarquía de la Iglesia por encima del fundador. Esta lección “viene” del fundador.
A este propósito resulta también sospechosa la realidad de que el fundador tenga una personalidad tan contradictoria, que raya en lo patológico. Y las patologías psíquicas han sido deliberadamente omitidas de sus biografías oficiales. Por eso, ¿no es posible acaso, y aún probable, que el Opus Dei sea simplemente la ideación mental de un fundador, al igual que tantas otras sectas y organizaciones promovidas por “iluminados”? Es bien conocida la capacidad práctica de Escriba-Escrivá para sacar provecho de las distintas situaciones. De ahí que pudiese nutrir su carisma de los carismas ajenos y luego fuese cambiando de enfoques según conveniencias. Todas las patologías que hoy se detectan en el Opus Dei -salvo el empecinamiento fanático de los dirigentes actuales- se encuentran en el fundador. El personaje real (todavía no mitificado) no parece alguien de fiar, ni muestra un talante auténticamente espiritual. Escrivá fue un clérigo integrista, agitador de masas o de minorías, antes que un hombre de Dios. Y en lo sustancial, su espiritualidad parece un montaje propio, subjetivo, más que una inspiración divina, aunque remedara a veces la terminología de los místicos para su descripción. La autoconciencia que Escrivá tiene de sí mismo avala esta interpretación, pues se presentó ante los suyos casi como un mesías: Si no pasáis por mi cabeza, si no pasáis por mi corazón, habéis equivocado el camino, no tenéis a Cristo (Meditaciones IV, p. 354). Esta mediación única entre los fieles y Cristo, aparte de ser herética, es propia de un iluminado. Las consecuencias de tal engreimiento se palpan en los medios de formación (meditaciones, charlas, cursos de retiro), libros internos, etc., en los que se habla más del fundador que de Jesucristo, lo que constituye un sospechoso escrivácentrismo sectario.
La mano de Dios en una persona deja un rastro inequívoco de rectitud y de humildad. Y esta huella divina no es compatible con el fraude ni con el engaño sistemáticos. La virtud es unitaria. Hay demasiadas “peculiaridades de carácter” en la forma de ser de este fundador como para considerarlas todas herencia genética y poder eximirle de sus responsabilidades morales. Y, más aún, resulta absurdo tomar sus excentricidades como la manifestación de un espíritu sobrenatural.
Por todas estas razones, no es difícil ver al Opus Dei como una simple construcción humana -Opus Escribá-, tal como se manifiesta, bien que incoada con buena intención a partir de alguna experiencia espiritual recta de su fundador. Lo cierto es que, para quienes conocen bien las cosas por dentro, la institución en sí continúa siendo una gran estafa espiritual, aunque cada día disminuye su capacidad de engaño porque resulta clamorosa. Pero, ¿no será entonces que esto sucede porque todo es un gran fraude?
Marcus Tank
El Opus Dei como enfermedad (y a veces mortal)

Publicado originalmente en Opuslibros.org
E.B.E.
Hace unas semanas se cumplió el aniversario de la muerte de un numerario que aparentemente falleció de manera sorpresiva. Era una persona extraordinaria. Forma parte de mis mejores recuerdos de mis años en la Obra.
Este amigo sufría de ansiedad y canalizaba esa angustia por medio de las comidas, entre otras cosas (el alto nivel de actividad también lo mantenía alejado de su angustia). Si bien su alimentación no era la más adecuada, el origen de sus problemas de salud estaba en la ansiedad que padecía.
Debía controlar su dieta para no afectar, entre otras cosas, al corazón.
El mismo me contó que todo comenzó cuando se fue a vivir a otro país (mejor dicho, «lo mandaron»), donde estuvo muchos años hasta que no aguantó más. El se hubiera ido de esa ciudad mucho antes (en realidad, el problema no era precisamente la ciudad sino el vivir en centros de la Obra cada vez más parecidos «al Corazón de la Obra», Villa Tevere). Más aún, con insistencia pidió irse y sólo después de mucho luchar consiguió volver a su región de origen (y no estoy hablando de una persona pusilánime precisamente). De aquella región «lo devolvieron» con mucha ansiedad y depresión.
Recuerdo ahora un caso parecido, otro numerario que se encontraba muy deprimido y lo último que deseaba era tener como destino Villa Tevere (lugar estructurado por antonomasia), y sin embargo “por obediencia” allí fue a parar “por su bien”, lo cual destruyó más su salud hasta que “le permitieron” volver a su región de origen. Desconozco cómo sigue su salud, pero sé que fue empeorando al poco tiempo de regresar y no sé si ahora estará mejor. Por eso, cuando leo parte del kafkiano itinerario de Carmen Tapia por Villa Sacchetti, no me parece nada irreal, al contrario, se corresponde bastante con lo que sufrieron estos amigos. Pero vuelvo al primer caso.
Lo que sucedía es que los directores lo «necesitaban» para sacar adelante unos proyectos de la Obra y mientras no estuvieran terminados o bastante encaminados, «no podían dejarlo ir». Fue así de simple, así me lo contó él.
Lo más notable es que en ningún momento pensó que el problema era «la Obra» sino «la idiosincrasia del país» donde estaba y que todo se resolvería volviendo a su región de origen.
Volver no fue la solución. Durante mucho tiempo tuvo angustiantes pesadillas acerca de la región que había dejado, como si fuera inevitable retornar allí, lo cual se constituía luego en un verdadero tormento diurno. No sería extraño que padeciera una especie de estrés post traumático.
Que cada uno imagine, entonces, la razón de su angustia y ansiedad. Y lo notable es que varias veces le dijeron que «se quedara tranquilo», que eso no sucedería jamás. El quería «confiar», pero su inconsciente -como diría Serrat- «no confiaba en ella», en la Obra, en las palabras de sus directores. Y resultaba lógico: si anteriormente lo retuvieron contra su voluntad durante tantos años en una región donde no quería estar, ¿por qué razón, en lo más profundo de su ser, habría de confiar ahora? ¿Quién podría dar garantía alguna de «la palabra dada» por la Obra si en los más altos niveles fue forzado contra su voluntad? No había ninguna garantía moral, sólo la «necesidad» personal de creer que «eso» no volvería a suceder.
Había llegado a cuestionar a todos los directores que intervinieron en su caso, frenando su regreso. No tenía ningún problema con enfrentarse al prelado si fuera necesario. Pero jamás pensó en cuestionar a la Obra misma. Hasta ahí llegaban sus cuestionamientos.
Más tarde, él me dijo que ya estaba tranquilo, que no tenía esas pesadillas. Pero su ansiedad, seguía adelante. Y siguió hasta el último día.
Tengo entendido que «murió del corazón» ¿Pero de cuál de ellos, del alma o del cuerpo?
Me parece bastante razonable pensar que «su muerte natural» se debió a una alimentación que no le hacía bien a su salud, para compensar la angustia que sentía viviendo en la Obra.
El quería creer que el problema «estaba solucionado», pero su cuerpo y su inconsciente, por alguna razón, no pensaban de la misma manera. Necesitaba resolver la angustia y ansiedad que «había contraído» estando en el otro país y lo hacía de una manera que no le beneficiaba a su cuerpo. Pero, dentro de la Obra, posiblemente no veía otra «salida». Y salir de la Obra, era «la muerte». Un dilema mortal.
***
Desde el primer momento, más de uno que lo conocimos, pensamos que su muerte se debía al poco cuidado que la Obra había tenido respecto de la salud de este numerario, cosa que no hubiera sucedido en una verdadera familia. Pues en una familia el cuidado de las personas es fundamental, ya que todos son imprescindibles, nadie es un número, todos son irremplazables y cuando alguien desaparece, hay un profundo dolor. En la Obra, en cambio, no es así. Basta comprobar la ausencia de un verdadero “duelo”, tanto por las muertes como por las separaciones. Simplemente «se reemplazan unas piezas por otras».
Pero luego, pensando un poco más, concluí que era una pretensión absurda exigir que la Obra lo hubiera cuidado mejor.
A ella le convenía muchísimo que este numerario siguiera vivo, entre otras cosas por «lo útil» que le era. ¿Entonces? Por más que lo hubieran querido «cuidar», había algo que la Obra no podía hacer, porque no estaba «dispuesta a hacer» y era lograr su curación definitiva.
Seguramente lo querían «cuidar» y lo cuidaban mucho, pero «lo necesario» para «no exagerar», porque -paradójicamente- si se curaba, entonces dejaría de ser útil a la Obra y la Obra sólo estaba dispuesta a cuidarlo en la medida en que fuera útil a ella, que es lo que hicieron con él mientras estuvo en aquél país. Este es un «pattern» corporativo: la primacía de la eficacia y la utilidad.
La Obra podía «controlar» la enfermedad de este numerario, pero no estaba dispuesta a «pagar el costo» de su curación: reconocer dos cosas, que el problema era el sistema de vida de la Obra -según testimonio del propio interesado- y que la solución inmediata para este numerario estaba muy posiblemente «afuera» de la institución.
La tercera posibilidad era que la Obra reconociera que ella enferma a sus miembros. Y jamás iba a reconocer que «ella» fuera «el problema» de nada. La solución, entonces, no era cambiar de región sino salir de la Opus Dei.
Los miembros, o aprenden a convivir con la enfermedad de la Obra o necesitan separarse de ese «cuerpo de muerte».
***
Era una contradicción -por mi parte y la de quienes así lo creían- pretender el cuidado de la salud de alguien que vivía dentro de un sistema de vida insalubre en sí mismo. Y me di cuenta de que esa «pretensión» mía y de tantos otros, la habíamos «aprendido» de la Obra, era un planteo propiamente de alguien que «está adentro» y quiere, a la fuerza, hacer compatible lo incompatible. Es una muestra de cómo se pierde el sentido común cuando se piensa con las categorías mentales de la Obra.
Intentar que alguien resuelva su problema de salud dentro de un sistema insalubre, es una especie de tormento permanente. Esa «ayuda» (cfr. Flavia, “Los remedios de la Obra“) es peor que su ausencia, porque cierra las pocas posibilidades que hay de encontrar la solución. Se hace muy difícil salir de la Obra en estos casos, es una trampa total.
Pues posiblemente cualquiera que hubiera visto «desde fuera» esta situación -por la cual pasaba mi amigo-, se hubiera dado cuenta de que el problema era insoluble a menos que se cambiara de entorno.
Y mi amigo cambió de ciudad, pero no de entorno: seguía siendo el mismo. No era un problema de «región».
En parte, él estaba feliz en la Obra -su cuerpo no- porque con todas sus energías quería hacer posible el ideal que había abrazado un día, pero la Obra era otra cosa muy distinta a ese ideal: su cuerpo mostraba la inadecuación entre la Obra como idealidad y la Obra como realidad. No es extraño para mí pensar que su conciencia nunca podría soportar ver ese contraste y fue su cuerpo el encargado de recibir ese mensaje.
***
¿No podrían acaso, haberse encontrado soluciones intermedias? Pues este amigo realmente disfrutaba de la actividad apostólica que desarrollaba -que era auténtica- y muy probablemente hubiera sentido un vacío importante si cortaba drásticamente con la Obra, tal vez le hubiera perdido el sentido a la vida, no sé. Por algo se aferró tanto a la Obra, a costa de su vida.
Podrían haberse buscado soluciones intermedias, pero la Obra no estaba dispuesta a ello. La vida de l@s numerari@s y agregad@s es particularmente estructurada y no hay casi margen para la flexibilidad, porque así lo decidió su fundador, a quien se le atribuye la autoría de todo en la Obra.
Ahora bien, ya que no hay flexibilidad para vivir adentro, al menos debería haberla para abandonar la Obra, pues de alguna manera uno tiene que “respirar”, ya sea adentro o afuera.
Pues, no. Uno tiene que aguantar el no poder ir a respirar afuera y el no poder respirar adentro. Por eso se tienen «los días contados», a menos que se transformen los pulmones en unas branquias que puedan respirar el ambiente peculiar de la Obra. Es imposible permanecer sin mutar.
Por eso, la salida de la Obra es la única opción posible, que por supuesto no está contemplada como tal y, como no está contemplada, es por ello más que nunca la única solución posible dentro de un sistema tan intolerantemente cerrado.
Pero mi amigo no estaba dispuesto a irse, o al menos, no estaba «preparado» para ello, no podría soportar la salida de la Obra como condición para curarse -le parecería, paradójicamente, una contradicción-, prefería «aguantar» adentro hasta no poder más. Y es lo que, al parecer, sucedió.
***
Es muy probable que los directores no se hayan dado cuenta a tiempo de que este numerario estaba por “romperse”, pues el sistema de vida de la Obra les parece de lo más saludable y natural. Creo que yo nunca hubiera podido predecir que se estaba por morir en esos días, pero sí era evidente para mí -más aún, confirmado por sus propias palabras- que su problema se había originado a causa de la Obra y que, desde que había vuelto de aquella región, no estaba bien ni había encontrado solución a su problema de salud.
La Obra es responsable de lo que le sucedió, al menos por negligencia, pero también es posible pensar en una mayor responsabilidad aún si se analiza toda esta situación a partir de la doctrina que enseña la Obra sobre «la perseverancia» y la manipulación que ejerce en las conciencias hasta provocarles una verdadera opresión “en nombre de Dios”.
***
Paradójicamente, la exhortación a «morir en Casa» que el fundador repetía constantemente a los miembros de la Obra en nombre de la «fidelidad» se reveló, al menos en este caso, como un «emblema siniestro».
Podría decirse que esa exhortación llevó a este amigo a la muerte, pues para «vivir» él debía transgredir ese principio, lo cual, no podía hacer sin pagar graves consecuencias: ir al infierno, como lo enseño el fundador (cfr. La Obra como Revelación, la doctrina objetable, punto C).
¿Cómo ha podido suceder que una persona -en este caso, inteligentísima- estuviera dispuesta a morir antes que recuperar su salud fuera de la Obra? ¿Cómo puede ser? Posiblemente porque él creía no tener más opciones que las que le daba la Obra y la Obra no le daba opciones.
La explicación teórica está en la «espiritualidad» que predica la Obra y en sus consecuencias prácticas:
«Si el alma en circunstancias particulares necesita una medicación -por decirlo así- más cuidadosa, esto es, si se hace necesario el oportuno y rápido consejo, la dirección espiritual más intensa, no debe buscarla fuera de la Obra. Quien se comportara de otro modo, se apartaría voluntariamente del buen camino e iría hacia el abismo» (del fundador, meditaciones III, pág. 373-374).
Aun si el fundador se refiriera sólo al «ámbito religioso», esta doctrina no se salva de ser una completa aberración. Pero quienes estuvimos en la Obra sabemos que esta doctrina se aplicaba a la vida de l@s numerari@s y agregad@s en su totalidad. Por ejemplo, la solución a los problemas de salud psicológicos tampoco debía buscarse «fuera de la Obra» y quien así lo hiciera «iría hacia el abismo». De hecho, la mayor parte de las veces el psiquiatra solía y suele ser de la Obra, y si no, debía y debe ser «aprobado» por los directores.
Analizada, entonces, esta doctrina a la luz de los hechos concretos, de la vida práctica, ¿no debe acaso la Obra responder por las consecuencias de semejante doctrina, de la cual es autora?
Preguntémosles, si no, a sus familiares ¿qué opinarían si ellos hoy pudieran elegir entre su pariente muerto a causa de la «fidelidad a la Obra» y su pariente con vida pero fuera de la Obra, más si supieran que muy probablemente murió por no encontrar la solución a su problema de salud dentro de la Obra y porque la Obra «doctrinalmente» no le permitía ir afuera a buscarla?
Está claro que no se puede argumentar que «fue su voluntad» el quedarse en la Obra, pues los años que pasó en aquella región son una prueba explícita de cómo permaneció contra su voluntad, pues creía no tener otra opción. Esta creencia es la que impide a muchos salir del callejón sin salida en que se transforma la Obra.
Sus familiares no saben esto, ni tampoco que su pariente numerario tuvo que elegir entre «morir en Casa» o «ir al infierno», el abismo de la desgracia eterna al cual la Obra condena a todos aquellos que la abandonan, lo cual es un tramposo dilema. Si supieran que su pariente numerario estuvo sometido a esa presión -como le sucede a tantos-, que lo llevó a la muerte o lo que es lo mismo a no buscar la vida fuera de la Obra, decir que se pondrían furiosos es poco. Ni siquiera creo que conozcan la presión que sufrió para permanecer contra su voluntad en aquél otro país, no creo que lo sepan porque «de estas cosas» no está permitido hablar con la propia «familia de sangre» ya que son «unos extraños» para las «cosas de la Obra». Supondría una «traición grave».
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Aunque sea un proceso muy difícil de demostrar (y tal vez finalmente sin éxito), existiría la posibilidad de que la Obra fuese enjuiciada por el fallecimiento de este y otros numerarios, al menos debido a la «ideología de muerte», que inculca en sus miembros hábitos autodestructivos, falsas opciones que les llevan a elegir la muerte (dentro de la Obra) antes que abandonar la Obra (la otra muerte, la Muerte Eterna), sometiendo sus conciencias a una gran presión. Muy lejos de la figura del mártir y más cerca de la experiencia sectaria.
Lo que le ocurrió a este numerario no fue «un accidente» sino una «consecuencia» que parece bastante lógica.
Por lo menos, fue una negligencia personal de algunos directores -por no prestar atención a las señales de ansiedad que durante años tuvo este numerario- y, luego, una consecuencia íntimamente ligada a una ideología y a un sistema de vida cuyo autor y promotor es la Obra, institución que, además, usa métodos coercitivos para inculcar esa ideología.
La Obra es la causa del deterioro de la salud de muchísimos de sus miembros, y no es extraño que lo fuera de la muerte de este amigo.
Pero un enjuiciamiento -en los casos de muerte- no es fácil porque -en el caso de los numerarios- se pierde mucho el contacto con las familias de origen, por lo cual quien al momento de su muerte «reclama por el difunto» es la Obra misma como «su familia directa» y por lo tanto nunca va a investigar nada. Y si «el difunto» nunca pudo hablar antes -ya que sería una «infidelidad»- con sus familiares acerca de sus problemas personales con la Obra, el silencio es completo. No se entera nadie («de afuera»).
Este «morir en casa» es resultado de una «trampa moral» (y a veces mortal), con la cual juega la Obra para retener a sus miembros (ya sea en la región que fuere) y ahí la inteligencia no lo es todo (como hace poco nos recordaba Jacinto). Es la conciencia la que se encuentra sometida y la inteligencia muchas veces no puede hacer nada.
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No creo que los parientes de este amigo sepan lo que realmente le sucedió. Deben pensar que se trató de una «desgracia» y que fue «imprevisible».
Pero, por si hay algún caso semejante entre quienes leen OpusLibros, es bueno que los familiares de l@s numerari@s y agregad@s -especialmente de l@s numerari@s, ya que generalmente la familia no existe para ellos- que han sufrido infartos, se pregunten por las causas profundas de esos infartos. Espero que en muchos casos, los familiares puedan adelantarse y plantearse a fondo si la solución para los problemas de salud -psiquiátricos, psicológicos, del corazón, etc.- que hoy pudieran tener sus parientes miembros de la Obra, pensar si no se resolverían sacándolos del «sistema» de vida. El cómo hacerlo es otro asunto, pero al menos saber que el sistema muy probablemente sea el problema, ya es un avance importante.
Hace unos años el hermano de un numerario que pasaba por una profunda depresión, me preguntó con cierto tono de desconfianza: ¿lo están cuidando bien (en ese centro)? A lo cual yo no me animé a contestarle con lo que realmente pensaba: que en la Obra nunca podría encontrar la solución a su problema de salud.
Pero sí había un numerario, psiquiatra él, que en muchos casos no tenía problemas en dar ese pronóstico a numerarios que veía deprimidos e iban a su consulta. Por esa razón, los directores de la Obra le prohibieron, en adelante, seguir atendiendo numerarios, y en general los directores derivaban a esos pacientes a otro numerario psiquiatra que jamás «cuestionaba» a la Obra y «ayudaba a perseverar» con empastillamientos, toda una maniobra escandalosa y muy perversa, de la cual son responsables tanto los directores como ese psiquiatra. El otro psiquiatra, «buen samaritano», murió de un infarto, según me dijeron en la Obra, aunque desconozco cómo fue su proceso hacia ese final.
La Obra nunca reconocerá que su sistema de vida es -al menos para no pocas personas- insalubre en sí mismo y vivirá en permanente contradicción queriendo cuidar a sus miembros sin cambiar las causas que los llevan a enfermarse (sino todo lo contrario). La Obra jamás podrá cuidar a nadie cuya enfermedad es provocada por el hecho de vivir en la Obra. En todo caso, y si por alguna razón a la Obra le interesa, ella intentará «retrasar» el avance de la enfermedad, pero nunca traerá la curación, que en definitiva se encuentra afuera de la Obra.
Muchos somos los que logramos saltar «el Muro» y «sobrevivir a la Obra». A otros, sencillamente les resulta impensable y creen que la única opción que les queda es «morir en casa».





